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Miércoles, 29 de marzo de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
Exquisitez de mayorías
El ballet flamenco Eva Yerbabuena deleitó con su arte, toná incluida, a un teatro Campoamor que se llenó de público y olés
PROTAGONISTA. 'Eva' da nombre y espíritu al espectáculo que dirige. / JESÚS DÍAZ
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Una de dos, o no es verdad que el arte exquisito sea sólo cosa de minorías, o es que en su variante flamenca se está adentrando por horizontes más amplios. Así se demostró una vez más ayer en el teatro Campoamor con el espectáculo del ballet flamenco Eva Yerbabuena, 'Eva', a cuyo frente está la bailarina nacida accidentalmente en Frankfurt, pero granadina por todos los costados, incluido el Albaicín, desde los quince días de tierna edad. La triunfadora este año y en la pasada edición en los Premios Max a las Artes Escénicas llenó, aunque haya que lamentar esa incontinencia en las toses de algunos espectadores. Se debería solicitar en el preludio, al igual que se hace con la previsión de apagar los teléfonos móviles, que hubiera un esfuerzo de contención catarral.

Pero vayamos a lo que importa, a esa mujer que aparece sentada en el escenario, de rojo y verde, introduciéndonos en la atmósfera por la que comienzan a volar los pies, mientras en la penumbra se despliega la guitarra. Ya hubo bravos en ese prólogo.

Después, llegan los cantaores con una toná -que no fue de lo mejor del repertorio, la verdad- que nos habla de las corrientes ocultas que entrañan las músicas del mundo. Asturias gitana bañada en el Sur.

Las bulerías nos descubren el grupo al completo de músicos, con el ritmo creciendo desde las raíces de la tarima hasta la bóveda de los sentimientos. Además, a los bailarines les acompaña la figura. Olé, rubricó el público.

Las guitarras de Paco Jarana y Manuel de la Luz se desatan. El cajón de ritmos es un galope armónico. Y se suceden las voces de Enrique Soto, Pepe de Pura y Rafael de Utrera, como si pintaran estrofas en el aire, quejío y alegría, jirones del alma. En este jardín, no hay ninguna mala hierba.

Larga cola

Vuelve Eva vestida de marfil y larga cola para hacerse torre y vela en una granaína. Por momentos, los colores son de plata. El trueno del zapateado es música celestial. Se juntan el cuerpo y la percusión, los tacones y las palmas, el dibujo de un estremecimiento, el cante hondo en el corazón y el baile en la mirada.

El viento que sopla Ignacio Vivaechea realiza ondulaciones que son olas delicadas de un mar océano intenso y extenso. Aún habrán de venir a colmar esas crestas las seguirillas, la pureza y la sal.

Y los tangos de la despedida, que como ha dicho Eva son el mismo corazón expuesto ante la vida. El cuerpo de baile habría que mencionarlo sin omitir a nadie, Mercedes de Córdoba, Luis Miguel González, María Moreno, Sonia Poveda, Asunción Pérez, Estefanía Cuevas, Juan Manuel Zurano, Eduardo Guerrero, Amador Rojas y Alejandro Rodríguez. Una maravilla.



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