Un ataque talibán contra una base militar de Estados Unidos, seguido de duros enfrentamientos con las tropas extranjeras, causó ayer 34 muertos en Helmand, una las provincias más violentas de Afganistán y donde se despliegan las fuerzas de la OTAN. Entre los fallecidos se encuentra un militar norteamericano y otro canadiense, mientras que el resto de las víctimas fueron supuestos insurgentes.
La ofensiva, que tuvo lugar en el distrito Sangin, dentro de la provincia de Helmand, fue la más grave en lo que va de año y se enmarca dentro de la campaña iniciada en los últimos meses por los rebeldes talibanes contra las fuerzas extranjeras y objetivos del Gobierno de Hamed Karzai.
El ataque de los insurgentes no tuvo éxito, ya que fue contestado de inmediato por las fuerzas extranjeras, con apoyo aéreo. En los combates desarrollados en las inmediaciones del cuartel perdieron la vida doce rebeldes y los dos soldados occidentales. Otros doce supuestos insurgentes fueron abatidos cuando huían o se escondían en sus refugios, que fueron bombardeados y posteriormente ocupados. Allí se encontró un elevado número de armas, bombas y municiones.
Cantidad de información
«La captura de estos dos complejos nos ha permitido obtener una gran cantidad de información de inteligencia y posibilitará seguir presionando al enemigo», aseguró el general norteamericano Anthony Tata.
Más de cuatro años después de la caída del régimen ultraintegrista de los talibanes tras una intervención militar liderada por Estados Unidos, la paz está lejos de llegar a Afganistán. La violencia afecta sobre todo a las zonas del sur del país, donde se despliegan las fuerzas de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (Isaf), bajo mando de la OTAN. Está previsto que tropas británicas y canadienses terminen de llegar a la región a finales de abril y después tendrá lugar el despliegue de los contingentes de Holanda, Rumanía, Dinamarca y Australia.
Junto a Kandahar, también en el sur, Helmand es la provincia más peligrosa. Los talibanes usan sus montañas para esconderse y muchos de ellos cruzan a menudo la frontera con Pakistán para refugiarse en el país vecino, donde son apoyados por los sectores fundamentalistas de la población.