LA ingesta es la ingesta, se haga o no a la intemperie. El alcohol lleva toda la historia acompañando ritos festivos y de los otros en el occidente cristiano y no hay adolescente que no tenga en su propia familia el ejemplo de su empleo como catalizador social en cualquiera, o varias, de sus modalidades: ligera o desbordante, contenida o faltona, saludable o patológica.
En principio, el 'botellón' aporta a lo de siempre masificación y exteriores, como una de romanos, y cuanto se puede derivar de lo gregario y de las altas densidades: estímulo mutuo, fragor, roces, residuos. Nada, en suma, que no pueda ser metabolizado por una colectividad que hace de 'el Sella' su fiesta identitaria y de 'el rastro' su peculiaridad mercantil.
Una sociedad adulta no debería generalizar prohibiciones -beber en descampado- sino evitar los efectos indeseables de algunas acciones, es decir, la tortura del vecindario, vía ruido y suciedad. Entre los derechos humanos ya debería figurar, explícitamente, el de no sufrir botellón -cinco mil personas o cinco- bajo casa.
Búsquese, pues, el adecuado sambódromo y equípese de las modestas dotaciones y servicios propios del caso: macropapeleras, alguna ambulancia, coches patrulla, aseos; como si hubiera fútbol o viniera el Papa, tampoco mucho más. Paliados sus efectos secundarios y sabiendo que el riesgo cero nunca ha existido, el espacio público puede ser ocupado y vivido a bajo coste. Eso es también la ciudad, fiesta y mercado. Eso sí, de rebeldía y transgresión, la puntita nada más, contra los precios de la hostelería si acaso, para qué alarmarse.
Francesitos y españolitos se dan, últimamente, al mogollón callejero con muy distintas motivaciones, como se sabe. Renuncio, sin embargo, a sacar demasiadas conclusiones de momento.