Hace dos meses, los operarios comenzaron los trabajos de limpieza de la antigua prisión provincial. Era el comienzo de tres años de obras y el fin de casi una década de espera para la conversión de la vieja cárcel en la nueva sede del Archivo Histórico Provincial, actualmente constreñido en una de las alas del Monasterio de San Pelayo.
Después de varias semanas, y una vez despejados de basura los espacios verdes situados en el entorno, ya está instalada la caseta de obra y las máquinas han comenzado a demoler algunas de las edificaciones. Desde la entrada, se puede apreciar cómo ya ha caído bajo la piqueta parte de la instalación: las viejas pintadas de los presidiarios sobre la pared de un aseo -la hoz sin el martillo- quedan ahora al aire y a la vista de todos.
Es al final de uno de los brazos, en cuyos extremos está prevista la instalación de escaleras de emergencia. En éste y en los otros cuatro que componen el edificio en forma de estrella, se ubicarán los 57.000 metros de estanterías distribuidos en ocho archivos distintos. Tal es al menos la previsión de los arquitectos autores del proyecto, Remedios Fernández-Carrión y José Luis Ramos Jaquotot. La primera es la directora de la obra, cuya adjudicataria es Unión Temporal de Empresas Hermanos San Pedro y Dragados. El Ministerio de Cultura promueve la rehabilitación, que se prolongará hasta 2009 y que cuenta con un presupuesto de 11,5 millones de euros, tras su adjudicación a finales del pasado año.
Visita de Calvo
Su titular, Carmen Calvo, tiene previsto visitar Oviedo para poner la primera piedra. Lo hará con la actuación avanzada. En enero, antes de que se emprendieran las obras, el presidente del Principado anunció su visita. Más tarde, el Gobierno regional dio una fecha: el 25 de febrero. No pudo ser, y el sábado la consejera de Cultura barajó el mes de abril para contar con su presencia y dar el pistoletazo oficial a los trabajos.
Ayer, a la entrada del recinto, el trasiego de camiones era constante. Ya han tapiado algunas partes del muro, aparentemente para evitar la entrada de los 'ocupas'. Los huecos abiertos en la alambrada dan una idea de las incursiones furtivas. Un vecino confirma los ruidos y el polvo que sufren, pero aclara que merece la pena: El entorno ganará después de años de abandono.