Cuando la piedra toma forma, también puede cobrar vida, servir de adorno, completar el mobiliario urbano o contar sucesos y leyendas a través de capiteles historiados. En la Escuela de Arte existe un ciclo formativo superior en Artes Aplicadas de la Piedra. Es casi un desconocido y por eso sus alumnos inauguraron ayer una exposición: quieren que se conozca el trabajo realizado y las salidas que tiene esta titulación.
La escultura fue una de las primeras artes, pero «ahora la gente prefiere el diseño gráfico o la fotografía», explica Santiago Martínez, jefe del departamento de Actividades de la escuela. Muchos desconocen que unos técnicos superiores de esta familia profesional fueron los encargados de restaurar los pináculos de la torre de la Catedral y el claustro del Edificio Histórico de la Universidad.
Porque la rehabilitación de monumentos y la elaboración de copias de piezas antiguas son una de las vertientes del arte de la piedra. «Yo quiero estudiar restauración luego», explica Irene Martínez Egaña, de 21 años. Su proyecto final -una celosía de arenisca con espirales- se puede ver en la exposición. «Para hacerla estudié la simbología de la espiral en las distintas culturas. Por ejemplo, en el románico significa el nacimiento, y yo hice una ventana para relacionarlo con la luz», indica Irene.
Escenografías y carrozas
Uno de sus compañeros realizó otro proyecto final inspirado en la misma época: unas columnas con capiteles románicos, réplicas de los de la Fundación José Cardín Fernández de Villaviciosa. Santiago Martínez explica que se denominan 'ficticios' y sirven «para hacer carrozas como las del Día de América, o los decorados de los platós de televisión y las escenografías de teatro».
Agustín García Benito es el jefe del departamento de Artes Aplicadas de la Piedra, «una especialidad a la que sólo se apunta la gente que tiene muy clara la idea de que quiere hacer esto», a la que nadie llega por casualidad. En sus clases hay un límite de 15 alumnos. Pueden hacer réplicas de las celosías de San Miguel de Lillo, pero también una mesa. O una escultura imaginada titulada 'El beso', manos sobre piedra.