La relación de Prince con su público resulta de lo más imprevisible y caprichosa. El personaje es tan capaz de dejar a medias a los espectadores en sus macroconciertos como de invitarles a un recital privado en su mansión de Paisley Park.
El domingo 29 de julio de 1990, jornada que podríamos calificar como Día Mundial de la Competencia (o, quizás mejor, de la incompetencia institucional, por el doble batacazo económico), Prince actuó en La Coruña ante 30.000 personas, mientras que, a la misma hora, Madonna hacía lo propio ante 7.000 almas en Vigo. La entrada para escuchar al geniecillo costaba cuatro 'talegos' (un dineral para la época) y el tío, sin cortarse, apenas superó la hora y quince minutos. Ni bises ni nada. Poco después, repetiría una faena similar en Las Mestas de Gijón, en una total falta de consideración hacia el público 'paganini'.
En contraposición con esas sobradas, el autor de 'Kiss', uno de los primeros en utilizar internet como canal de difusión de su música, gusta de idear ocurrencias de las que derriten a sus fans más acérrimos. La última de ellas es la de promover un exclusivo concierto en sus posesiones de Minneapolis.
El Peter Pan del funk sincopado parece haberse inspirado en la película 'Charly y la fábrica de Chocolate', de Tim Burton, y ha decidido distribuir un número limitado de invitaciones dentro del nuevo disco. Lo que tiene que inventar uno para combatir la piratería. Así que suerte.