PARTAMOS de esa premisa tan irrefutable como tópica que asegura aquello de que la primavera la sangre -y la pluma- altera, para mejor comprender el diálogo de enamorados que subsigue, aprehendido en las inmediaciones del Elogio del Horizonte, donde una pareja de tórtolos, amarraditos los dos, espumas y terciopelo, se dijeron cosas como las que luego se transcriben mientras se miraban embelesados... ¿Ah!... Se me olvidaba decirles que la escena se desarrolla en un amanecer tibio, justo en ese instante mágico en que la aurora de rosados dedos abre el cielo para liberar a los caballos del sol al tiempo que un suave céfiro envolvía el cerro de Santa Catalina y la límpida dulzura de una luz etérea comenzaba a resplandecer con la transparencia de los días mágicos que la primavera perfuma.
Vamos allá:
-Quiérote un montón, pichurrín- comenzó él.
-¿Cuánto, ho?
-Mucho: como la trucha al trucho; y aún diría más: pa mí yes lo más importante del mundo.
-¿Más que el Sporting y los oricios, pongo por casu?
-Son amores distintos, bobina, de modo que pa expresalo correctamente tenía que haber matizado que tú yes lo máximo y que por ti sería capaz de hacer cualquier cosa.
-Seguro que no seríes capaz de llevar a cabu lo que hizo por ella el mozu de una amiga mía: sostuvo en la punta de la nariz un paralelogramo, y sobre él una silla, y sobre la silla una foca amaestrada que iba lanzando al aire un montón de platos que, tras describir una curva de 40 grados, iben a parar a les manos de la amada, que los conservó como vajilla doméstica cuando se casaron.
-Yes la muyer de mi vida.
-¿Seriola!
-¿Te lo juro por lo que más quiero!
-O sea que júreslo por mí.
-Jurarélo tan guapamente. Cualquier cosa con tal de que nos fundamos en un abrazu eternu.
-Ya me escamaba a mí tantu romanticismu...». Pa mí, que lo que tú quies ye mojar el pizarrín.
-¿Equiliquá!- exclamó él mientras ella se le abalanzaba.
Luego buscaron un trozo de verde limítrofe al pedrero e inalcanzable a posibles miradas indiscretas y, ¿hala!, a gozar que son cuatro días.