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Domingo, 2 de abril de 2006
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GIJÓN
GIJÓN
Un océano en el salón
José Ramón García tiene frente su televisor el acuario casero más grande de Gijón. Él y el resto de aficionados a la acuariofilia ven en la apertura del equipamiento de Poniente un motor para su hobby
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El desplazamiento de los peces en el agua tiene un efecto relajante, igual que las oscilaciones de los corales y las anémonas. «Aunque esté puesta una película, la gente mira más para el acuario que para la tele». El acuario de José Ramón García Gil no es el de Poniente pero la variedad de sus ejemplares es casi similar. Preside el salón y reúne colores de medio mundo: ante el fondo rojo de la roca viva de las Islas Fidji e Indonesia, conviven, crecen y procrean peces y corales multicolores del océano Índico y del mar Rojo. Una relación estrecha tienen «los peces payaso y esa anémona: ellos se ocultan entre sus tentáculos, muy urticantes, y eso les protege. A cambio, la anémona se alimenta de la comida que llevan los peces. Es un perfecto ejemplo de simbiosis».

Esa es sólo una de las muchas relaciones sociales que se desarrollan en los 1.400 litros de agua que contiene el mayor acuario casero de Gijón. Su propietario es el presidente de la Asociación Acuarófila de Asturias (AAA) y califica su afición como «una droga. Todos los días dedico un mínimo de dos horas a esto». Eso no es sólo el acuario: también coordina la vida en el estanque de 9.500 litros que tiene en el jardín con varias decenas de cometas, unos peces pequeños «que no paran de reproducirse», y nueve kois. «Esos son japoneses y llevan seleccionándolos cientos de años para conseguir diferentes colores. Pueden llegar a vivir 75 años y no dejan de crecer». ¿Cuánto? José Ramón extiende los brazos. «Mucho. Fíjate en el que hay en el estanque del parque de Isabel la Católica». Todo es controlado por las plantas que crecen sumergidas, «que hacen el ciclo del nitrógeno» y depuran el agua de manera natural.

También en el jardín hay una serie de estanques que durante el invierno albergan plantas y operan como «almacén de agua», y en verano acogen a los killis. «Con la luz del sol crecen mejor, se reproducen más y adquieren colores más vivos. Además, se alimentan de forma natural con las larvas y mosquitos que caen al agua».

Los killis son pequeños peces de la familia de los ciprinodóntidos que viven en lugares «que tienen un clima con dos estaciones muy marcadas». Ponen sus huevos bajo la tierra en época de lluvias. Cuando llega la sequía, los animales mueren, y esos huevos se mantienen ocultos hasta las siguientes lluvias, que los hacen eclosionar cuando las aguas han vuelto a su cauce.

Viajes al Amazonas

Estos curiosos seres cautivan hasta el punto de existir la Sociedad Española de Killis, de la que José Ramón forma parte. Asiste a convenciones en medio mundo y viaja todos los años al Amazonas con otros aficionados con una meta: «Descubrir alguna nueva especie». Cree que puede tener una, pero está pendiente de los análisis del ADN. Ese ejemplar está con el resto, en el sótano. Allí, José Ramón mantiene más de un centenar de pequeños acuarios que tapizan las paredes en una estancia con un calor constante. «Aquí se reproducen, es una especie de laboratorio. Porque, por ejemplo, una de las cosas que nos trae de cabeza es el sex-ratio, es decir, cuando crías en cautividad hay veces que sólo salen hembras, y otras veces sólo machos. Aquí pruebo con distintas temperaturas de agua y en distintas condiciones, y me coordino con otros aficionados que hacen experimentos paralelos».

La parafernalia necesaria para mantener toda la infraestructura de un acuario es notable. Tras el de José Ramón hay una pequeña habitación con artilugios curiosos: un separador de urea que ejerce la función de las olas cuando baten la mar y separan del agua esa espuma blanca, hay filtración por bolas, una lámpara germicida para purificar, un reactor de calcio, etcétera. Todo eso no se ve, pero sí es visible la luz que extrae los colores intensos de peces y corales. «Hay una computadora con las fases lunares, porque en la naturaleza durante la noche no hay oscuridad total, depende de la luna, y eso es muy importante para los corales». De manera controlada en el acuario se oscurece, se hace de noche, o amanece, o sale el sol y las anémonas reaccionan y los corales se ponen fosforitos.

Todo este montaje impresiona, pero dice Sabas Suárez que no es para tanto. «Pese a lo aparatoso, una vez montado es muy fácil de mantener». Él está al frente de dos acuarios «de tendencia amazónica», cada uno de 200 litros, que comparten esquina en su salón. «Con los comederos y los cambios de agua automáticos te puedes marchar quince días de vacaciones sin problema».

Sabas conoce bien el proyecto del acuario de Poniente y resalta «el importante papel medioambiental y de concienciación que tendrá» en sus visitantes, aparte de «la parte lúdica». Él también forma parte de la AAA.

Carpines en el rastro

José Ramón es de la misma opinión. «Ya era hora. Tenemos ilusión por que lo hagan bien y va a suponer un motor fuerte para la acuariofilia en la ciudad y en Asturias, que la gente conozca las especies, que vea que los corales son animales y no plantas, que pueda ver lo que esconde el mar».

Sabas y José Ramón comenzaron ya de niños con esta afición, «con los típicos carpines que venden en el rastro», recuerda el presidente de la AAA. La atracción por la naturaleza, la ilusión por la cría, una excusa para viajar, o la estética de las especies. Las motivaciones para llevar a más su afición son múltiples.

En el caso de Aitor Fernández fue la que hoy es su esposa, Cristina Peñarribas, la que alimentó una afición que ya existía. «Cuando éramos novios me regaló un acuario de agua dulce de 60 litros». Empezó a criar peces, conoció la asociación acuarófila y la vida marina se convirtió «en un vicio». Ella se contagió y ahora buena parte del salón lo ocupa un acuario marino de 1.080 litros. Antes de ir juntos a un curso de buceo revisan la situación de sus compañeros de piso. «¿Ves ese pececito negro, detrás del coral?». Señala a un cíclido. «Es un macho y parece hinchado porque tiene las crías en la boca».



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