Misionero comboniano, catedrático en las universidades pontificias Urbaniana y Gregoriana de Roma y consultor de algunos Dicasterios (congregaciones Vaticanas), Fidel González es un sacerdote allerano afincado en Roma que el pasado año fue testigo privilegiado de los últimos días de Juan Pablo II. Desde su casa, que mira de frente a las habitaciones del Pontífice, vivió esas horas de vigilia colectiva y dolor ante la muerte de Karol Wojtyla. Un año después, recuerda para EL COMERCIO aquellos días que ya son Historia.
EL DÍA DE SU MUERTE
«Todos mirábamos aquella ventana del cuarto piso»
La tarde en la que el Papa moriría, salía yo de la plaza de San Pedro, ya oscureciendo, y la gente continuaba llegando al Vaticano como en una especie de río continuo. Miraban en silencio a las ventanas del cuarto piso del Palacio Apostólico. Muchos rezaban, otros susurraban palabras que no querían romper aquel silencio. Me tropecé con un grupo familiar, y una señora me preguntó: «¿Cómo está?», y añadió: «Es que lo vivo con el mismo dolor intenso de cuando perdí a mi marido hace unos meses». Continué mi camino y otra persona me preguntó lo mismo: «¿Cómo está?» y de prisa entró en la plaza. Era la pregunta continua. Subí a mi casa; no pude detenerme. Bajé de nuevo con un amigo obispo y un par de seminaristas y nos pusimos a rezar el rosario con la gente. Todos mirábamos aquella ventana del cuarto piso, oscurecida, la de su habitación. Se decía que si la ventana se iluminaba quería decir que el Papa había muerto. Era como la señal tradicionalmente convenida. La gente continuaba en un silencio que se cortaba. Habían pasado unos cinco minutos tras el rosario que un prelado del Vaticano dirigía, cuando la luz de la ventana rompió la tersa oscuridad de la noche romana. La plaza húmeda de San Pedro se conmovió en una especie de doloroso estremecimiento. Ya lo sabíamos. Había muerto. Habían pasado no más de cinco minutos cuando la gran campana de San Pedro llenó con su pesado toque fúnebre los cielos de Roma y el arzobispo Sandri dio la noticia. La gente no se movió y la plaza, en muy poco tiempo, como un inmenso imán, atrajo a miles de personas. Comenzaba aquella semana intensa de participación de miles o millones de personas tras la muerte del Papa Santo. Algo que yo jamás había visto o imaginado.
LOS DÍAS PREVIOS
«Me tocó vivir la intensidad del amor al Papa»
Me tocó vivir de cerca los acontecimientos de aquellas jornadas que son ya parte de la historia de la Iglesia y del mundo del siglo XXI. Vivía yo en un observatorio privilegiado. De hecho, las grandes televisiones del mundo tenían colocados sus equipos precisamente desde la terraza del edificio donde yo vivía, que estaba directamente de frente a las ventanas del Papa, en la parte izquierda de la plaza de San Pedro. Pero además me tocó vivirlo por una circunstancia muy particular. Como rector de un Colegio Sacerdotal Universitario Misionero Internacional dentro del ámbito vaticano tenía bajo mi dirección a estudiantes de los cinco continentes y a numerosos obispos que pasaban por allí. Uno de mis estudiantes, de la India, se enfermó gravemente de cáncer precisamente cuando el Papa fue llevado al hospital Gemelli. También nuestro estudiante ingresó en aquel centro y allí permaneció hasta el mismo día en que el Papa volvió al Vaticano. Son esas casualidades misteriosas. Nuestro estudiante, Dinu se llamaba, vivía su enfermedad casi acompañando al Papa. Iba a verlo todos los días, y por ello me tocó vivir la intensidad del amor de la gente al Papa; el patio de enfrente del hospital estaba siempre lleno de personas que miraban a las ventanas donde estaban las habitaciones del Papa, esperando... Y el atrio se había convertido en una gran 'sala de prensa'. Y así fue durante casi un par de meses. A Dinu lo llevamos a casa al medio día; el Papa volvió por la tarde. El Papa morirá pocos días después. Dinu, un mes más tarde.
TIEMPO DE PEREGRINACIÓN
«La llegada de peregrinos fue inmensa»
La llegada de peregrinos fue inmensa. Hablan de millones. No sé cuantos, lo que yo he visto eran filas inacabables e incansables. Tuve la gracia de pasar ante su cadáver al día siguiente de su muerte todavía en un salón del Palacio Vaticano. Me tocó hacer cola durante varias horas para poder entrar. Todo era silencio. Luego, una vez en la basílica vaticana, pude ir y estar muy cerca de su catafalco un par de veces. Allí sí, ya sin prisas, creo haber estado casi medio extasiado y un silencio orante, y no me avergüenzo de confesarlo, durante un par de horas cada vez. Pasaba un río continuo de gentes y de personajes que llegaban ante el cadáver del Papa. No me distraía. Me daría cuenta de lo que estaba ocurriendo tras sus funerales. Y es algo que jamás podré cancelar de mi vida. Se acumulaban en mí, un don nadie, recuerdos continuos de su vida, de su actividad y de su humanidad. Como cuando en 1992 un día me llamaron para que le mostrase en los museos vaticanos una exposición sobre el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Yo mismo había intervenido en su realización. La visitó a puerta cerrada durante más de una hora. Cuando llegamos a unos paneles donde se mostraba la historia de la trata de esclavos negros, de África hacia América, y se enseñaban unas cadenas, unos grillos y otros terribles recuerdos, el Papa cogió mi brazo y me apartó; di un paso hacia atrás. Allí quedó sumergido en un profundo silencio ante aquella historia terrible. Luego de unos momentos, se volvió hacia mí, me volvió a tomar por el brazo, y simplemente me dijo: «Puedes continuar».
SU HUELLA
«Olvidarlo es imposible, fue extraordinario»
Su legado es muy amplio. Ante todo que fue un hombre fiel, fiel hasta el último momento. Hace algunos años, un gran amigo suyo, un arzobispo polaco, que estuvo precisamente presente a su lado a la hora de su muerte, me decía: «Juan Pablo morirá de pie», refiriéndose a que nunca dejaría su trabajo hasta que le quedase un hilo de respiración. Y así fue. Olvidarlo es imposible. Porque ha sido un Papa extraordinario.
SU HERENCIA EN LA IGLESIA
«Los Papas ya no podrán prescindir de su estilo»
Se podrían decir muchas cosas, pero yo creo que ha aportado a la Iglesia un modo especial de ejercer el ministerio papal; ya en parte lo había inaugurado Juan XXIII y continuado Pablo VI, pero Juan Pablo II trajo un aire renovador en la manera de relacionarse con el mundo actual: viajes, humanidad, sencillez de trato, preocupación por las realidades y problemas inmediatos de las personas de hoy, apertura a todos, intensidad de vida y cercanía... Hoy, podríamos decir, los Papas ya no podrán prescindir de este estilo. No serán fotocopias, pero no pueden prescindir de ello. Y lo vemos con su estilo característico en su sucesor, tan cercano a Juan Pablo II durante años, que es Benedicto XVI.