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Domingo, 2 de abril de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
El Castillo de Salas
El recuerdo de Juana García Noreña inicia una semana que tiene como motivos centrales el asturianismo y la primavera
FLORES. Algunos jardines ya muestran tímidamente la llegada de la primavera. / E. C.
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Entre dos mundosJueves, 23 de marzo

Una casa entre los pinos

Repaso las notas que tomé en Segovia. Apenas ayer, por los confines del Reino de Castilla observaba el vuelo rápido y ordenado de los vencejos tras las ventanillas del autobús. Mi caligrafía, apresurada, seguía incoscientemente el ritmo que proponía el paisaje y hoy me cuesta desentrañar lo que apunté. Todo parecía un cuadro de Van Gogh sobre la tierra rugosa de lomas suaves, una tierra increíblemente verde en esta primavera temprana. Son bruscos, nobles y bellos, como un poema de Miguel de Unamuno, los nombres de esta tierra: Torredondo, Cuéllar, Zamarramala, Pinares, Navas de Oro, Pinarejos, Navalmanzano, Gomezsarracín, Chañe, Cantalejo, Sepúlveda. Al entrar en Cuéllar pude ver, entre los pinos, la casa de Alfonsa de la Torre, una poetisa de historia oscura, hoy muy olvidada, y que tiene una historia que la une a Asturias. En 1950, como se sabe, el jurado del Premio Adonais, muy prestigioso en aquellos años, decidió que 'Dama de Soledad', de Juana García Noreña, merecía el premio. Todos los miembros del jurado (menos José García Nieto, callado y pensativo) hablaban con elocuencia de aquella delicada voz femenina que irrumpía, con tanta fuerza, en el panorama de las letras españolas. 'Dama de Soledad', publicado en el número 69 de la colección de Adonais, se convirtió en aquella temporada en un objeto de culto: todos los periodistas culturales querían entrevistar a aquella cada vez más misteriosa Juana García Noreña que tan impecablemente resolvía sus sonetos y en las tertulias de Madrid se comenzaba a soñar con su huidiza figura. Pronto surgió el rumor: Juana García Noreña era en realidad José García Nieto y, como no aparecía la susodicha, le van a pedir explicaciones. Como por arte de magia, José García Nieto se saca de la manga a una señorita asturiana, muy guapa, a quien presenta como Juana García Noreña. Alguien descubre, sin embargo, un acróstico en el libro que revela la verdadera identidad del autor. La chica se asusta (ya había dado algunos recitales en la capital madrileña, incluso había concedido alguna entrevista y enviado algún poema a los periódicos) y recurre a García Nieto y a Eduardo Haro Tecglen, que le concede asilo en su casa, mientras se arreglan las cosas. Un día desapareció de Madrid y nunca se volvió a tener noticia de ella.

Viernes, 24 de marzo

El milagro de la nueva primavera

Salas, tan íntima y pequeña, propende en su nombre al laberinto: se lea por dónde se lea, de atrás para adelante o de adelante para atrás, engaña a los espejos y se muestra con una única esencia: salaS. El palíndromo fue lo que nos sugirió realizar aquí esta reunión de cómplices de la Luna. Venimos a hablar de treinta años de asturianismo, a explicar en voz alta nuestros sueños, a ver si todavía es posible levantar con las palabras de casa un proyecto útil e integrador. Pier Paolo Passolini, en su carta a los poetas friulanos, venía a decir lo que nosotros repetimos: «Es sin duda muy importante proyectar un futuro posible y poético que se reconcilie con nuestro pasado; pero lo más importante de todo es que, mientras lo creamos, comenzamos ya a disfrutarlo en el presente».

Sábado, 25 de marzo

Una hoguera de agua

Hablo, desde un punto de vista subjetivo, de la historia del movimiento asturianista. No me gustan los memoriales de agravios, pero se trata de romper, más allá del símbolo, con un discurso que se define por su escasa capacidad de integrar en su seno discursos ajenos. A lo tonto -¿y qué no se hace en esta vida sin conciencia?- llevo en esto 25 años. Cheni Uría, muy inteligente, expone las dos tradiciones ideológicas -las dos de raigambre romántica- que configuraron, todos estos años la lucha a favor del reconocimiento social de la lengua asturiana. Nacho Fonseca no está de acuerdo con el fondo de la cuestión y busca alternativas dialécticas. Pedro Alberto Marcos se sorprende de lo entrañado que tenemos algunos ese discurso que decimos combatir. A la salida de la reunión, tras cientos de discusiones, me retiro a mi habitación. El hotel Castillo de Salas es muy hermoso con su claustro casi renacentista: una lluvia gris y lenta refresca las nubes del día. Hoy me gustaría quedarme aquí, leyendo una anticuada Historia de Inglaterra, y refugiarme en los brazos de lana del ensueño.

Domingo, 26 de marzo

Los bocadillos de Casa Grana

Nos volvemos, cada uno para su casa, tras las conclusiones. La fundamental -se debe modificar el discurso y atender a la realidad; abandonar cierto despotismo ilustrado y atender lo que de verdad quiere la gente- era ya una de las premisas de este encuentro. Bueno: ya se ha proyectado otra reunión en Mieres, antes del verano, y otra comisión será la encargada de convocarnos. Pero antes de que todo se hunda en la noche pensativa, nos paramos en Curniana. Los bocadillos de Casa Grana son algo increíble: mientras tomamos el vermut y nos zampamos esta delicia, se va haciendo, por corrillos, balance. Yo estoy cansado y a unos les digo que bien y a otros que mal. No es inconsecuencia: simplemente no lo sé y hay que tomarse la distancia. Me asomo a la puerta del bar y compruebo la eficacia de la primavera: hay una tarde perfecta para irse al río y descansar, con una buena merienda, bajo los sauces. Sí, me gustaría irme de pesca. Buscar un recodo del río, lejos de la mirada de los hombres, y esperar ese momento en el que la luz y las sombras tejen las dulces imágenes del sueño. Lanzar la caña y que la mosca del anzuelo tenga todos los colores del mundo. Ensimismarme levemente acunado por la brisa: soñar con un sendero, serpeando en el bosque, y en lo alto una casa desde donde aún se oiga la melodía del río. Escribir entonces algunas cartas mientras espero, pacientemente, a que pique alguna trucha o se me ocurra algún verso con el que explicar este tiempo nuestro que fluye (la idea es de Unamuno) hacia un remoto origen.

Lunes, 27 de marzo

Flores de otro mundo

Me llama Javier Almuzara: llegó ayer de Valladolid, donde coincidió con Luis Muñoz, Carlos Marzal y Martín López-Vega, y hoy Fermín Santos le ha entregado los primeros ejemplares de una carpeta -con ocho fotografías digitales de Jorge Lorenzo y otros tantos poemas suyos- titulada 'Flores de otro mundo'. Yo había escrito una pequeña nota sobre su poesía y ahora la veo impresa en este maravilloso trabajo. Hablando de sí mismo Javier Almuzara habla de nosotros. Canta lo que ha perdido: su aventura, como aquella famosa de Ulises, es también la nuestra. Sabe percibir en la secreta sombra de un jardín helado la presencia de la primavera; en el atardecer aún cálido de últimos de agosto -vuelan en desbandada los vencejos- la angustia de las despedidas. Sus poemas tienen vocación ática: propenden a la elegía, a la evocación de lo fugaz, a la precisión de la sentencia; en realidad, a lo único que importa: este paso nuestro leve por el mundo, ya cansado.

En una servilleta me apunta un poema. Se titula 'Syros', la isla griega adonde fue con José Luis García Martín a recitar sus poemas: «Luz y silencio. / He venido a encontrarme / con lo que llevo dentro». Le digo que, de alguna manera, este poema es un reflejo, casi exacto, de otro suyo: «Qué raro ser feliz, / estar contigo / pero sin mí». Se encoge de hombros y dice que puede ser.

Martes, 28 de marzo

Un breve bosque

Luis Javier Moreno me envía desde Segovia sus 'Poemas escogidos (1965-2005)' editados, muy pulcramente, por la Junta de Castilla y León. Nos conocimos el pasado martes en Segovia y le prometí enviarle alguno de mis libros. Se me ha adelantado. Cuando nos presentaron, su nombre me resultó conocido: «No, Xuan, no, a mí no me conoce nadie. Ya sabes cómo es esto de la poesía». Pero sí, claro que lo conocía. Suya es la versión -magnífica- que publicó Debolsillo de las Odas de Horacio y yo ya había reparado en algún poema suyo, entrevisto en alguna revista. En la cena, charlando, le pregunté si conocía el poema que Bonifacio Chamorro incluyó en su traducción de las 'Odas-Épodos' publicada en Austral en 1946. A mí me lo recitó Javier Almuzara paseando por el Foro Romano, un día en el que me compré un sombrero, y no lo puedo repetir sin tener en la memoria la voz de mi amigo. La verdad es que parece un autorretrato de Javier Almuzara: «Amo de Horacio la actitud sencilla / ante el cortejo que esplendente pasa; / el gusto, la medida, el equilibrio... / Su afán de gloria, no. No me hace falta».

¿No nos hace falta la gloria? Sin duda la vanidad, en un primer momento, es el motor que mueve la conciencia artística y soñar la gloria de conmover un corazón inteligente -y no otra es la ambición- es algo que no entenderá nunca el avaricioso. El problema, en realidad, es que se busca otra cosa: «Renovar el placer de hallar amigos, / con quienes compartir risas y lágrimas; / dueños volver a ser de un breve bosque, / de un prado, de una viña, de una casa; // y en pleno corazón sentir de nuevo / las flechas dulcemente envenenadas / por el travieso Amor, dueño del mundo. / ¿La gloria esto no da?... Pues no da nada».

Miércoles, 29 de marzo

La alondra de Shelley

Me demoro, en la noche insomne, en la traducción al asturiano de un poema de Thomas Hardy, 'The Skylark's Shelley', la alondra de Shelley. Lo pego en un foro de internet (www.lletres.foro.st) donde algunos cómplices discuten, bastante civilizadamente, de literatura asturiana. Me gusta como me ha quedado la primera estrofa. Labor hecha, bien parece.



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