El objetivo está claro. Sacar del cajón -o del disco duro- aquellos folios en los que se vertieron noches y noches de insomnio. Hacerles salir del silencio propio para mostrarse en escaparate ajeno. Pocos escritores escriben con intención de que su obra se embadurne sólo de intimidad. La pretensión es llegar a la mayor cantidad de lectores posible. Y ahí es donde el deseo se convierte para muchos en una auténtica odisea. Las editoriales consolidadas, aquellas que además de ponerle tapas duras o blandas al texto mimado ofrecen una buena distribución, no tienen las puertas abiertas a todo el mundo. «Tenemos nuestras previsiones cubiertas» o «su obra no encaja en nuestros objetivos», suelen ser las respuestas, cuando las hay, más habituales. Pero las negativas no frenan a los autores.