En la Semana Santa de hace sólo -¿sólo?- algo más de tres décadas, los laicos nos tirábamos al monte; siempre dentro de un orden, claro. Los espacios de ocio, cines o chigres, se clausuraban, y los primeros amores corrían peñas arriba. Por ejemplo, al picu Villa, merendando labios tiernos, pinchos de tortilla y alguna gaseosa.
Hoy me asomo a la ventana y compruebo que cualquier tiempo pasado fue distinto, aunque hay tendencias que perduran algunas temporadas. La actual es propensa a dejar vacías las calles de las cuencas mineras, seguramente porque no es posible repicar al unísono en la playa y en la procesión.
A mi me gustan estas tardes en las que Langreo se convierte en una isla de soledades. Nada más idóneo para la práctica de ejercicios espirituales, que en mi caso son de naturaleza quizás heterodoxa, al cuidado de libros que no llevan cubierta de nácar.
No obstante, acabo de zambullirme en las aguas de Péter Nádas -'La propia muerte'-, que si no son las del lago Tiberíades, tampoco se parecen mucho a las de Puerto Banús. El escritor húngaro relata la experiencia vivida por su corazón -un infarto fulminante- que le mantuvo en muerte clínica a lo largo de tres minutos y medio.
Sobre estas excursiones a la última frontera, se ha hecho muy mala literatura. Sin embargo, la breve narración del novelista y dramaturgo de Budapest, en el que se atisban las influencias de Kafka y Beckett, posee la intensidad y la profundidad exploratoria que no hallaríamos en los viajes de Marco Polo.
Se le puede oponer la consabida reserva científica de que la conciencia hace trampas en los momentos extremos. Pero no se le podrá negar que la indagación acerca de la supresión del espacio y el tiempo, o el paso del pensamiento conceptual al pensamiento abstracto, están desarrollados con la agudeza de un bisturí (por lo demás, tampoco existe demasiada seguridad de que los estados alterados de conciencia no sean el pan nuestro de cada día).
Es lo que tiene haber sido miembro de la tertulia literaria de Langreo -sobre la que Pepe Monteserín se extiende en un libro reciente, 'La conferencia', Premio de Ensayo Juan Gil Albert-, que te dejan a solas en tu pueblo y al más mínimo descuido te vienen a acompañar los espíritus de la literatura.