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Domingo, 16 de abril de 2006
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Memoria republicana, presente monárquico
HAY quien se sorprende y hasta quien se alarma de que estos días se hable y se escriba tanto sobre la República. ¿Por qué?, se impone preguntar. A veces da la impresión de que todavía no hemos metabolizado del todo la condición de ciudadanos libres. Podemos hablar y escribir de cuanto nos dé la gana, siempre que no incurramos en algún delito del Código Penal, por supuesto. La República, cuya proclamación acaba de cumplir 75 años, ha sido una experiencia muy digna, al margen de su triste final, y recordarla sin prejuicios es lógico, casi obligado y, mírese como se mire, interesante. Incluso necesario por varias razones.

Entre otras, porque la Historia siempre enseña y la II República, que constituyó la primera experiencia democrática seria en España, todavía puede aportarnos valiosas lecciones sobre organización política, personalismo partidista, práctica electoral y ejercicio parlamentario. Pero al margen de este interés egoísta, la memoria de la República necesita un poco de atención objetiva que contribuya a resarcirla de las implacables campañas de descrédito y difamación que a lo largo de muchas décadas lanzó la dictadura contra su imagen desde la impunidad que le proporcionaba la censura de todo aquello que pudiera proporcionarle algún tipo de defensa de su actuación o reconocimiento de alguno de sus aciertos.

Porque aciertos los tuvo, igual que errores, y buena voluntad de modernizar España, acabando con el encorsetamiento en que la mantenían privilegios ancestrales, teorías oscurantistas y prácticas caciquiles, no le faltó en ningún momento Por eso precisamente fracasó, víctima de la fuerza de las armas. Llegada esta efeméride redonda de tres cuartos de siglo, no está mal, todo lo contrario, que se abandonen tabúes y pueda hablarse de la II República, con plena normalidad, sin reservas ni miedos Es un buen síntoma de que por fin en España la convivencia, la libertad y la democracia están consolidadas. Lo mismo que la monarquía, que mientras mantenga el actual respaldo y cumpla sus funciones a satisfacción es evidente que no corre riesgo.

Nada sería ahora mismo más peligroso y más triste para la institución monárquica que tene que estar protegiéndose, con limitaciones a la libertad de expresión, de crítica, de denuncia hacia sus errores o simplemente de elogio al sistema opuesto; es decir, que no se pudiese hablar de la República, defender sus ventajas y, por supuesto, reconocer su aportación retrospectiva a la sociedad española. Pocas cosas podrán engrandecer más a un sistema político que su aceptación del reconocimiento de lo bueno del otro con el que coincide en lo verdaderamente importante, que es el respeto a la libertad de los ciudadanos y en la soberanía del pueblo.

Los análisis y juicios casi siempre elogiosos que se están difundiendo en torno a la República, sin embargo, no deben confundirse ni con propaganda sobre su reinstauración ni con iniciativas para liquidar la Monarquía que en esta etapa tanta eficacia ha demostrado en el empeño de implantar la democracia y estabilizar un sistema descentralizado del Estado en un régimen pleno de libertades. Después de dar muchos tumbos, España ha encontrado un sistema susceptible de satisfacer a una inmensa mayoría de los ciudadanos, de propiciar la mejora de sus condiciones de vida y de colocarla entre los países más modernos, algo impensable treinta años atrás. La República es una opción que está ahí y lo seguirá estando, pero al margen de cualquier apreciación intelectual, siempre respetable, el pragmatismo recomienda que cuando algo funciona bien, es mejor no tocarlo.



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