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Domingo, 16 de abril de 2006
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Judas
HE estado buscando a Judas, casi desesperadamente, como aquella Susan de la única película potable que ha hecho Madonna, pero no lo he encontrado bajo ninguna forma, manifestación o expresión de recogimiento. Yo pensaba, me creía incluso, que las nuevas revelaciones sobre el apóstol traidor tendrían cabida en las procesiones del dolor, por aquello de renovarse, de transformar y evolucionar al aire de la nueva era. Pero no, nada por aquí, nada por allá, la chistera del mago está vacía.

A mí, educada en el catolicismo apostólico y romano, la falta de interés general ante tamaño descubrimiento (quizá más oficial que general) me provoca un rechazo tan visceral como el que Silvio Berlusconi sufre por Romano Prodi y sus votos y devotos.

A fin de cuentas, el personaje ha padecido lo suyo desde los tiempos del Tiempo y no le vendría mal un poquito de desahogo moral, un tanto de conmiseración, qué sé yo, un algo de propósito de la enmienda por parte de quienes le hemos puesto a caldo todos estos milenios.

No es por presumir, que también, pero ya de niña intuía que había en ese pasaje de delación un sospechoso gato encerrado. Judas, del que apenas se ofrece más información que tres o cuatro detallitos, se erigía, sorpresivamente diríase, en figura central del drama. Un cabeza de turco, valga la expresión, que mantenía la tensión regalando el beso de los siglos, acentuando el clímax hasta su desenlace trágico y final, que no definitivo. Además, Judas poseía más de lo humano que de lo divino, con lo que los sentimientos de empatía se agrandaban, inevitablemente. Pero nada de esto ha sido estimulante ni suficiente, nada de lo hallado en ese códice ha convulsionado en esencia la pragmática visión de la Jerarquía y algunos estudiosos.

Ha tenido más presencia mediática el testamento de Encarna Sánchez, ya ven en qué nos andamos. Los reacios se escudan en que 'El evangelio de Judas' no pasa de ser otro texto, otro de los muchos evangelios gnósticos que se quedaron varados a la orilla del cristianismo, por lo que no arroja mayor luz a la doctrina conocida y expandida a lo largo y ancho del mundo conocido.

Y es una pena. La Semana Santa es el marco adecuado para, al menos, reflexionar ante el descubrimiento y solazarse con que ninguno de los seguidores de Jesús le echara a los pies de los leones. Resultaría más emocionante creer la narración de este sacrificio supremo por el amor inquebrantable y la bondad del amigo. Resultaría más ajustado al mensaje de aquel hombre que hizo milagros, desgranó bienaventuranzas y ensalzó debilidades. Sobre todo porque el beso dejaría de ser estigma y negación, imagen del engaño y la perfidia. Más ahora, que la corriente nos lleva a las aguas turbulentas de la ortodoxia.



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