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Domingo, 16 de abril de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
Elegía de primavera
Las reflexiones sobre el clima abren y cierran una semana que destaca entre numerosos escritores a Petrarca
ESCRITOR. Busto en bronce del poeta italiano Francisco Petrarca. / E. C.
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Entre dos mundosJueves, 6 de abril

Frágiles indicios

Me he despertado a media noche, he abierto el balcón y he mirado el cielo. Algunas estrellas, que intento agrupar en constelaciones, nadan en el barcal del cielo. Posiblemente mañana amanezca otra vez soleado; o quizás no. Los asturianos nos movemos en la duda y este tiempo tan asturiano nos devuelve, de alguna manera, nuestra naturaleza campesina a merced siempre del tiempo. Todo es inseguro como la niebla y el pensamiento se hace escéptico: las mayores desgracias vienen acompañadas por un golpe seco que antecede la calma y el consuelo; los días felices esconden trampas en las que tememos caer. Me he desvelado y busco, por la estantería, algún libro que me acompañe. Hoy mismo me ha llegado 'Soñar la realidad', de Sergio Pitol, un autor que hace tiempo quiero leer y de quien tengo noticias vagas, aunque todas muy buenas. Este libro es de los que a mí me gustan: habla de la literatura manchada por la vida y de la vida manchada por la literatura. Leo. Dice Pitol que dice Cyril Connolly que el escritor debe aspirar a escribir una obra genial. Más tarde se pregunta si sabría ya el joven Joyce mientras se esforzaba en los relatos de Dublín que en su futuro se encontraba el 'Ulises'. E inmediatamente, Pitol añade: «Quien busca su alma suele perderla, dicen los Evangelios». Yo también creo que los cuentos de 'Dublineses' son lo mejor de Joyce, aunque cuando tenía veinticinco años sería capaz de pasarme una noche entera defendiendo lo contrario. Me adormezco en el sofá: ¿dónde dicen los Evangelios que el primer paso para encontrarse es perderse? He de buscarlo mañana, si tengo tiempo y me acuerdo. He de comenzar mañana con el propósito de escribir una obra genial.

Viernes, 7 de abril

Contra terceros

Presento, en el Antiguo Instituto de Xixón, la poesía de Guillermo del Pozo. Hablo de la poesía como arte de la confidencia y defiendo que un poema es un artefacto de sentido cuya utilidad es provocar emociones en el lector. Como todas las generalidades, ésta también será verdad y me sirve para extenderme sobre la poesía de Guillermo del Pozo, un autor de mi edad con el que felizmente coincido últimamente en los suburbios últimos de la madrugada. Poesía clara, de línea ascendente, interceptada a menudo por el sinsentido de la vida. En el coloquio, alguien dice que los poemas de mi amigo «saben a bolero» y yo, aunque no digo nada, estoy de acuerdo. Saben a esos boleros o a esos tangos que escuchamos «al calor del amor en un bar» y nos presentan, como una herida abierta, la boca de la amada, el secreto de la vida.

Sábado, 8 de abril

Unas líneas de Petrarca

¿Cuál es la razón de este amor que siento por los libros? Amor que se presenta en sutiles gradaciones: puede ser el amor del fetichista, arrebatado porque ha encontrado una primera de Juan Ramón; o el amor furtivo, tan dulce, ocultándose entre las páginas de Agustín de Foxá; o el amor de puntillas sobre el alfeizar de la emoción al descubrir, una tarde de 1987, aquella antología de la poesía inglesa que publicó Gredos en los años 60 y que nunca se volvió a editar. Amores contrariados, como las novelas de Boris Vian o la poesía de Octavio Paz; amores que te recuerdan el ansia de los primeros encuentros, como la poesía de Rubén Darío o las crónicas viajeras de Vittorio G. Rossi. Petrarca, mucho más exactamente, ya había hablado de ello: «De siglos antiguos me llegan estas voces y de tantos países. Cuando cantan, unos hablan de los misterios de la naturaleza; otros me despiertan para la vida y para la muerte; o cantan altos hechos, recordando las eras ya pasadas; otros juegan, me hacen olvidar la tristeza haciéndome sonreír. También hay algunos que me enseñan a sufrir, a no sentir nostalgia, a conocerme. Maestros me son de la guerra y de la paz, del esfuerzo puesto en la creación y del arte del decir, y de los viajes sobre el mar profundo».

Domingo, 9 de abril

El sagrado camino de Idarga

Cheni Uría y Taresa Lorences se van a Cueva a pasar la Semana Santa. Me despido de ellos con cierta envidia: por uno y por otro estas vacaciones me las pasaré en Uvieo, tal vez en Xixón, y así está bien: he de acabar muchas cosas (entre otras, las prosas que le he prometido a Marc Otrowski sobre las ferias y los tratantes de ganado) y sé que necesito pararme, aunque sólo sea unos minutos, a mirar la realidad desde otra perspectiva. De ello estuve hablando con José Luis García Martín hace unos días: él piensa que yo tengo la capacidad de hacer las cosas en el último minuto, lo cual es cierto, pero hay algo dentro de mí que clama por tardes en las que el tiempo se confunda con las labores del hombre y, de la misma manera que la abeja hace miel, confundir en un mismo elemento lo precioso con lo útil, las ensoñaciones con la realidad. Una tentación (en la que nunca caigo del todo) es la de irme con quien quiero con la música a otra parte: al campo, donde el tiempo dura más, y uno puede aspirar a decir sus palabras al ritmo de las estaciones. Sí, Cheni y Taresa se van a Cueva. Yo recuerdo el sagrado camino de Idarga, ese que canta Taresa en un poema memorable y que sale de Cueva desde el cementerio, y quisiera que mis pasos recorriesen esa llanura tan alta, entre el límite entre Salas y Tinéu, donde el mundo tiene una apariencia de verdad y de refugio. Recuerdo perfectamente

Lunes, 10 de abril

Una historia de la filosofia

Me gustan las historias de la filosofía, sobre todo la de Bertrand Russel, tan descreída y partidista. Me gusta esta ficción de que el pensamiento humano, a través de los siglos, busca la unidad imposible de la verdad objetiva. Hoy abro, con cierta emoción, la 'Hestoria de la Filosofía' de Roberto González-Quevedo, un tomazo de casi mil páginas donde se detalla, ce por be, este lento caminar, con cucos rabucos sorprendentes, del pensamiento humano sobre la tierra. Escrita en asturiano, me pidieron que escribiese para la contraportada una mínima reseña: «Pocas veces, en una literatura como la nuestra, es posible concebir un libro con el aliento y la importancia de esta 'Hestoria de la Filosofía'; el valor simbólico de este texto se une a la utilidad que tiene como guía de la historia del pensamiento. Los argumentos que resonaron en Abdera, Siracusa, Jena, Brujas, París o Viena resuenan ahora en nuestra l engua con una claridad que resalta el genio de la lengua traspasado por el genio del mundo». Creo que fui yo quien sugirió a González-Quevedo la escritura de esta obra. Hoy la tengo entre mis manos, leo apasionado fragmentos como este de Hume: «Si tenemos dalguna sospecha de qu'ún emplega un términu filosóficu ensin dengún significáu nin idea (como pasa con muncha frecuencia) tenemos que nos entrugar namás de qué impresión deriva esta supuesta idea. Y si ye imposible atribui-y una, eso val pa confirmar la nuesa sospecha».

Hoy, con este libro importante entre las manos, sé que una patria es un lugar donde no se proscribe, por lealtad bastarda, la admiración de la obra ajena; hoy sé que la envidia y la incapacidad, por muy institucionalizadas que estén, nada pueden ante aquel que toma, todos los días, el tónico de la voluntad.

Martes, 11 de abril

Misterios de la astrología

Dice Zolar que el signo de Cáncer simboliza la tenacidad por la vida. El cangrejo, para avanzar, se ve obligado a caminar hacia atrás, lo cual ilustra el movimiento aparente del sol cuando se encuentra en este signo. Representa también la esencia fructífera y sostenedora de las fuerzas de la vida. El símbolo del cangrejo ocupa un lugar destacado en el pecho de la estatua de Isis, Madre Universal y sostenedora de todo.

Nací un 10 de julio, el mismo día que Marcel Proust. Durante un tiempo me dediqué, en un periódico, a escribir los horóscopos. Los escribía al azar, acumulando palabras y presentimientos vagos. Me gustaría creer que las estrellas guían nuestros pasos. También me gustaría creer que tengo algo de Marcel Proust. De ilusiones vive el hombre y a veces hasta las transforma en realidad.

Miércoles, 12 de abril

A La Habana me voy

Ceno con Flavio, Sonia y Aida en el Pigüeña «con el espíritu de la victoria». Dentro de una semana, Flavio y yo nos vamos a La Habana: como quien dice, con la música a otra parte. Nunca he estado en Cuba. Aida, que nació en La Habana y se vino a Uvieo por amor, me dice que eso de que somos climatológicamente dialécticos es una tontería: hay razones de felicidad bajo las nieblas de Asturias, hay innúmeras tribulaciones bajo el sol camino del Morro. Y viceversa.



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