A la una y media de la tarde hicieron su entrada en la explanada de la playa de Poniente. Escoltados por los voluntarios de Protección Civil y la Policía Local, se fueron colocando cuidadosamente en varias filas. Decenas de personas se agolparon en la zona para no perder detalle de un modelo que se ha convertido en toda una leyenda. Gijón reunió ayer 79 Minis, ocho de ellos de estilo clásico, y batió así un récord nacional, situado en 50 vehículos. Llegaron aficionados de toda España, que aprovecharon el día para hacer turismo por la ciudad. La concentración, que comenzó el viernes, fue organizada por Mariano Álvarez, Álvaro Canga y Santiago Canga, socios del club todomini.com y colaboradores de descubreasturias.com.
Casi ninguna comunidad autónoma se quedó sin representación. Madrid, Barcelona, Galicia, Andalucía, Castilla y León... Incluso Francia. Un joven gijonés asentado en el país vecino realizó una maratoniana travesía para que su coche pudiera estar en Poniente. De los 79 participantes, 20 eran asturianos.
Los viandantes no apartaban la vista (ni las manos) de los peculiares utilitarios. Sus propietarios también aprovecharon este encuentro nacional para intercambiar información a cerca de recambios, modelos y tendencias, y, fundamentalmente, sobre cómo convertir viejas glorias destartaladas en piezas de colección. El coche más veterano tenía 36 años. Mariano Álvarez, uno de los organizadores, explicó que a partir de los 25 años se considera que un coche es «clásico», aunque dada la escasez de estas piezas en el mercado se califica de igual forma a los fabricados hasta 1990.
Roberto Prieto llegó a Poniente desde León con uno de los ocho clásicos que se vieron en la concentración. «Es el tercero que tengo. El Mini fue mi primer coche. Me lo compró mi padre nada más sacar el carné, donde llevaba la 'L'... Los de ahora no son Minis, son BMW».
David, un joven gijonés de 22 años, también se unió ayer a la fiesta automovilística que recorrió la ciudad. Compró su vehículo el año pasado, tras varios años intentando adquirir un clásico «de verdad». Su bólido naranja tiene nada menos que 31 y le costó 2.000 euros. Estaba en mal estado, pero, poco a poco, con ayuda de su padre Antero, ha ido cambiando su apariencia interna y externa. «Todavía me queda mucho por gastar para que esté a punto».
Por la tarde, los participantes llevaron sus máquinas hasta El Molinón, donde hicieron una exhibición de destreza y buenas prácticas, orientada no a la velocidad, sino a la prevención de accidentes.