Con mucho cariño y no menos cuidado, los especialistas del taller de Javier Rivas ya desmontaron dos de las vidrieras del templo para iniciar su tratamiento integral. Todas las precauciones son pocas. El plomo que une las piezas del puzzle está deteriorado. Cada vidriera tiene 4,5 metros de altura por 2,9 de ancho, y se compone de 27 piezas, perfectamente distribuidas. En cada uno de los laterales hay nueve piezas verticales y en el centro otras nueve piezas horizontales que conforman todo el conjunto.
¿Cómo se limpian? Javier Rivas explicó que «en este caso lo estamos haciendo a base de un baño de sosa cáustica y pieza por pieza», a la vez que reconocía la calidad de las vidrieras, que no son de esmalte, sino que están confeccionadas con grisalla, una tierra que se fija por capilaridad cuando el cristal supera la temperatura de 550 grados.
Luego, las vidrieras al aire libre tienen muchos 'enemigos' que las pueden deteriorar. Desde el granizo hasta los pájaros que, por la noche, atraídos por la luz del interior, pueden llegar a estrellarse contra ellas causándoles un daño irreparable. De hecho, algunas de las piezas rotas tendrán que se reproducidas con exactitud para que la vidriera adopte su figura original. Luego, serán protegidas por el exterior con 'vidrio stadip', similar al que es utilizado en los parabrisas de los vehículos, que no impiden ver su belleza, pero las preservan de las agresiones externas.
Dentro de dos meses volverán a estar colocadas en su lugar original, a 20 metros de altura. El rosetón posiblemente sea limpiado en su actual ubicación, porque está mucho menos deteriorado. La luz exterior volverá a entrar en el templo.