María Soledad F. G., una joven gijonesa de 32 años, relató ayer paso por paso cómo acabó con la vida de su compañero sentimental, José Luis C. M., en mayo de 2003. El jurado popular que enjuicia el crimen de Portuarios escuchó con atención sus palabras durante la primera sesión del juicio oral, celebrado en la sección octava de la Audiencia Provincial. La noche en que se produjeron los hechos, la pareja había discutido. La acusada aseguró que el difunto la había insultado y golpeado. «Dejé un cubata en el suelo del salón y él lo tiró sin querer. Se puso furioso». Tras esa primera refriega, la mujer se fue de casa, pero regresó poco después. «Volvimos a tener bronca. Yo le dije que así no podíamos seguir y que eso no era vida. Luego fui al tendal a recoger mi ropa para irme. Todo pasó muy rápido».
Según relató en la sala María Soledad, José Luis C. M. se abalanzó sobre ella y trató de tirarla por la ventana. Ella se sujetó al tendal para no caer y consiguió zafarse de él con una patada. «Luego me volvió a agarrar por el pelo y los dos caímos al suelo. Conseguí apartarlo, pero volvió otra vez hacia mí. Vi que en la mesa de la cocina había dos cuchillos. Cogí el más pequeño y se lo clavé, pero no recuerdo cuántas veces». La secuencia de los hechos estremeció al jurado, pero sobre todo a la hermana de la víctima, sentada entre el público con gafas de sol, que no pudo contener las lágrimas.
17 años
El fiscal solicita para la imputada 13 años de cárcel, mientras que la acusación particular, ejercida por la madre del difunto, pide 17 años, al considerar que hubo ensañamiento y que el crimen estaba planeado. El abogado que defiende a María Soledad empezó su alegato inicial de forma contundente. «Si no se hubiera defendido, la que estaría muerta hoy sería ella». El letrado entiende que agredió a su novio para salvar su vida, después de que éste la atacase «de forma ilegítima». También considera que las seis puñaladas que le propinó fueron consecuencia de su estado de nerviosismo. «Sólo la primera fue mortal. El resto eran superficiales», dijo la defensa.
María Soledad afirmó en todo momento que nunca quiso acabar con la vida de José Luis. De hecho, tras acuchillarle trató de socorrerle: «Le hice el boca a boca y un masaje cardiaco. Yo no quería que se muriera. Le decía, 'José, por favor, qué te pasa', pero él no se movía. Entonces llamé a la Policía y a una ambulancia». Su versión fue avalada por una vecina, que vio cómo intentaba reanimar al joven y escuchó su conversación con los servicios de emergencias.
«Era muy celoso»
Pese a que dijo haber sido agredida por su compañero, la acusada no presentaba lesiones graves el día del crimen, según apuntó la acusación particular. Al parecer, presentaba una erosión en la cara pero no síntomas de haber sufrido un ataque de las características que describió. María Soledad explicó al jurado que sus problemas de pareja comenzaron cuando decidió irse a vivir con José Luis. «Era muy celoso y se ponía violento. Cada vez que se pasaba yo me iba de casa, pero él iba a buscarme... Le quería, por eso siempre regresaba».
Unos meses después de iniciar una vida en común, la mujer le denunció en tres ocasiones, una de ellas por romperle los huesos de la nariz de un cabezazo. Los vecinos de la pareja sabían de sus continuas discusiones, por eso el día de autos no se extrañaron demasiado al escucharles. Sólo una mujer se asomó a la ventana, asustada por los llantos y los gritos de María Soledad. «No eran como los de siempre», dijo la testigo.
La acusación particular afirmó que la acusada había limpiado la sangre derramada en el suelo con la fregona, y que incluso había repasado el arma homicida, lo que denotaría «la sangre fría con la que actuó». Sin embargo, Soledad no recordaba nada, sólo que el cubo de la fregona estaba en medio del salón y que su ropa estaba manchada de sangre. El juicio continuará hoy con la declaración de los policías que acudieron al piso y de los forenses que hicieron la autopsia.