A la entrada de una sala en una capitanía militar, durante muchos años los soldados hicieron guardia junto a un banco, con la orden de que nadie se siente en él. El banco no tenía interés artístico o decorativo. El banco estaba para lo que están los bancos, para sentarse, y el centinela, para impedirlo. Un día se supo la razón de esa guardia banquera. En una ocasión, el banco se pintó. Como la pintura estaba húmeda, se puso un soldado de guardia, para advertir a los posibles usuarios del asiento que pintaba. La orden se trasmitió de guardia a guardia, y de una advertencia llegó a ser una prohibición rutinaria.
Hay cosas que su sentido, o su falta de sentido, están ligadas, como la guardia en el banco de capitanía, a una especie de rutina circular, que desemboca en algo, cuanto menos, absurdo. ¿Por qué se hace esto así? Porque se hizo así. Y ¿por qué se hizo así? Porque sí.
El padre de una muchacha que estudia ESO en un instituto gijonés me pide que le explique el calendario previsto para el fin de curso. El hombre está desconcertado, y no es para menos.
Oficialmente, las clases acaban el día 23 de junio. Hasta esa fecha, la asistencia a clase de todo el alumnado, tenga o no tenga aprobado el curso, es obligatoria. Los exámenes extraordinarios para los alumnos suspensos, es decir lo que antes eran los exámenes de septiembre, se celebrarán en junio, entre el 15 y el 19 de ese mes. Las listas de los alumnos que deben asistir a estos exámenes, se publican el día 14, un día antes de que empiecen las pruebas. Todo este batiburrillo de fechas indican con claridad una cosa: el calendario de fin de curso en la ESO es un disparate. Un disparate cuyo error inicial fue el realizar las pruebas extraordinarias, pensadas para septiembre, en junio. ¿Por qué se realiza en algunas comunidades la prueba extraordinaria en Junio? La razón puede que ilustre, dentro de su importante pequeñez, la utilización de la enseñanza como arma para el rifirrafe entre partidos políticos.
La LOGSE, una ley en la que, como dijo aquel preboste educativo de la etapa Rubalcaba, «el error no es considerado con la nueva ley como un defecto, sino como la expresión auténtica del dinamismo subyacente en el alumno», suprimió los exámenes de septiembre en la Secundaria Obligatoria. En la fallida Ley de Calidad (LOCE), de Pilar del Castillo, se propuso, con el nombre de 'prueba extraordinaria', la vuelta a los exámenes de septiembre, aunque no se precisó la fecha de estas pruebas. «Los alumnos podrán realizar una prueba extraordinaria de las asignaturas que no hayan superado, en las fechas que determinen las administraciones educativas», dice la LOCE.
Algunas de estas administraciones educativas, como Asturias, dictó que estos exámenes extraordinarios se realicen en las últimas semanas de junio, inmediatamente después de los exámenes ordinarios. Esta medida, cuestionada por la mayor parte del profesorado (¿cómo se justifica un examen extraordinario inmediatamente después de las pruebas ordinarias?) y de las asociaciones de madres y padres, en mi opinión no se justificaba en razones educativas, sino en el forcejeo político por el que había que oponerse a la LOCE al ser una Ley del PP.
La LOCE pasó, ahora está vigente la LOU que, curiosamente, sobre la prueba extraordinaria, dice prácticamente lo mismo que la Ley de Calidad. ¿Por qué se sigue, si ya no hay LOCE que hundir, con estas pruebas en junio? Por rutina. Y mientras tanto, se cierra el curso de una manera disparatada. A los alumnos que aprueban, la mayoría se les pone en una situación extraña en la que deben ir a clase, sin saber a qué, o no ir en la práctica, pero sí en teoría y sobre el papel. A los que suspenden, se les niega el derecho real a una prueba extraordinaria. Las pruebas que suplantan en junio a los exámenes de septiembre, son como el banco de aquella capitanía militar. Un absurdo que no sirve para nada.