La primera vez que disparó un fusil tenía menos de doce años. Fue la última lección que recibió en el campamento militar donde le entrenaron; una especie de recompensa por el infierno de palizas y castigos de las semanas anteriores. Ya estaba listo para ser soldado y, desde esa perspectiva, se sentía feliz con el 'kalashnikov' de contrabando, un arma que pronto cambiaría por un 'M16' para estrenarse como homicida. Ocurrió en marzo del 97, durante un ataque sorpresa a la ciudad de Kisangani, en su país, La República Democrática del Congo, y fue algo rápido. «Tiré y cayó, creo que le di en el ojo. Me sentí raro, pero la impresión pasó. A fin de cuentas, matar no es tan terrible».
Lucien Badjoko es congoleño y ahora tiene veintiún años. Las palabras anteriores son suyas y todos los datos previos forman parte de su biografía. Hace diez años se unió al movimiento rebelde de Laurent-Desiré Kabila con la pretensión de derrocar al dictador Mobuto. Fue un día de octubre, al salir del colegio. Quería vivir historias como las de Schwarzenegger, Chuck Norris y Jean-Claude Van Damme; las mismas que veía en la televisión cuando regresaba a casa de la escuela. Tenía «la cabeza llena de esas escenas» y soñaba con ser un héroe con armas de verdad. La situación de su país -que ha estado en guerra permanente entre 1996 y 2003- le dio el escenario perfecto.
Se convirtió en niño soldado de la noche a la mañana. Uno más entre los 300.000 que combaten a diario en veinticinco países del mundo. Uno más de los que sufren todo tipo de abusos y son obligados a cometerlos para hacerse «fuertes». Su historia, por lo tanto, nada tiene de singular -excepto que logró reconducirla a tiempo- , y habría pasado desapercibida si no fuera por dos cosas. La primera, que sobrevivió para contarla. La segunda, que la narró por escrito. 'Yo fui un niño soldado' (Entrelibros, 2006) es el título de un texto crudo y estremecedor en el que Lucien Badjoko relata sus vivencias durante la etapa militar. Es decir, durante su infancia y adolescencia.
-¿Qué es la guerra?
-Un fallo de la inteligencia.
-¿Las batallas matan sueños?
-Sí, porque no dejan tiempo para soñar y no tienes vía de escape. Pero no los matan para siempre.
-¿Cuál es su ilusión actual?
-Acabar los estudios, defender la paz y luchar para que otros niños no sean utilizados como soldados.
-¿Se considera usted un adulto?
-No. Soy un joven con ideas de mayor.
-¿Y cuándo acabó su niñez?
-El día en que dejé de pensar en mi familia para ser un buen soldado.
De respuestas contundentes e ideas muy precisas, el novel autor aboga por cambiar la situación de su país, pero ya no desde el frente, sino desde el aula. «Las guerras no resuelven nada», dice Lucien Badjoko, que ha sustituido al campo por el campus para librar sus batallas. Lleva ya tres años dejándose la piel en la facultad y, aunque al principio estuvo a punto de estudiar Medicina, acabó decidiéndose por las leyes. «En realidad, quería hacer algo que me permitiera salvar vidas, como los médicos habían salvado la mía. No obstante, elegí el Derecho porque yo he sido manipulado de niño y no quiero que eso me vuelva a pasar. Ni a mí, ni a otros chavales, a quienes quiero defender en el futuro».
Las cicatrices
'Futuro' es una palabra que, en este caso, se mezcla con esperanza, progreso y compensación; con el deseo de enmendar lo que hoy en día él considera «un error». «Me arrepiento de haber dejado a mis padres para meterme en la guerra. Siento muchísimo haber participado en todo aquello», reconoce. Y añade: «Yo pensaba que iba a morir como un héroe para mi país». Sin embargo, no fue así. Ni está muerto, ni es un héroe. De hecho, ha «renunciado momentáneamente a la gloria». Lucien Badjoko tan sólo es un chaval, «un resistente» que no puede recordar cuántas vidas ha quitado, aunque lleva en el cuerpo unas cicatrices que sí le recuerdan lo mucho sufrido, cuán cerca estuvo de la muerte y cuánto dolor causó a los demás.
Heridas: «Las cicatrices físicas están vinculadas con las psicológicas. Cuando las veo, veo el horror, y no es fácil vivir con ello». Muerte: «Comprendí que no era inmortal cuando me hirieron. La realidad se presentó ante mí aquel día y eso fue lo que más me impactó». Dolor: «Llegué a sentir placer provocándolo. Era la primera vez que tenía poder sobre alguien y me sentía respetado. Creía que ese daño era necesario porque yo también lo había sufrido antes para convertirme en soldado». La combinación de estos tres factores se traduce en otra secuela más persistente y duradera: los recuerdos. Los fantasmas. Las imágenes superpuestas.
«Todavía tengo pesadillas y no controlo mis recuerdos». Como reconoce en su libro, «los psicólogos han fracasado». Las visiones que le asaltan «son muchas» y varían. «A veces aparecen unas escenas » y otras aparece su amigo Christian, que murió despedazado en sus brazos tras el estallido de una mina. Y su colega Anissé, a quien los ruandeses le cortaron el brazo derecho con un machete delante de sus ojos, mientras él se escondía detrás de unos arbustos. O aquel bebé «que no tenía ni un año» y que vio matar a golpes estrellado contra el muro de una iglesia. Cualquiera de estos ejemplos explican, para él, la indiferencia de los demás: «Muchos no saben que esa realidad existe; les parece tan grave y aterradora que les cuesta aceptarla».
No obstante, allí está. Y es cierta. Pese a sus índices de pobreza y de subdesarrollo a nivel mundial, la República Democrática del Congo es un país extraordinariamente rico en recursos naturales. Posee desde petróleo, oro y diamantes hasta cobalto, madera y coltán, un escasísimo elemento del que se extrae el tantalio para fabricar objetos electrónicos. La guerra que ha sacudido a este país, ubicado en el centro de África, se ha cobrado la vida de más de dos millones y medio de personas en menos de cuatro años y diversas ONG denuncian con insistencia la crueldad de los enfrentamientos y la gravedad del problema.
Los informes más recientes de Amnistía Internacional reseñan sin censura las 'ventajas añadidas' que encuentran los reclutadores para utilizar niños en los conflictos armados: «Tienen más vigor, obedecen sin rebelarse, son fácilmente reemplazables y realizan labores especialmente peligrosas como desminar, espiar o llevar adelante misiones suicidas. Y, por supuesto, cumplen una función de objeto sexual para los adultos». En definitiva, «son mejores soldados», aunque el coste personal para ellos sea muy elevado. En el caso de las niñas, «además de la brutalidad y el trauma derivado de las violaciones», hay que agregar «las lesiones físicas graves, los embarazos forzados y el contagio del VIH», como secuelas de los abusos.
El aprendizaje
«Cuando pienso en todo aquello, por un lado, me gustaría borrarlo porque me robó la niñez -admite Badjoko-. Por otro, no, pues forma parte de lo que soy». Es decir, un joven que carga un bagaje brutal de experiencias violentas y situaciones belicistas, pero que ha sido capaz de encontrar un camino alternativo para enfrentarse a esa realidad. «De momento, no tengo hijos, pero me haría mucho daño que alguno de ellos se marchara para ir al frente de batalla. Conozco bien lo que es la guerra y sé lo que hace con las personas».
Sobre las perspectivas de su país, el joven es optimista, aunque mantiene sus reservas. «Pronto tendremos las primeras elecciones democráticas y eso es una evolución. Poco a poco creceremos, aunque los intereses extranjeros aún son muy importantes. Espero que jamás sea necesario volver a coger un fusil. No quiero hacerlo nunca más. Sin embargo, en nuestro país, uno nunca puede saber lo que será el día de mañana». La pregunta es una sola y la respuesta, aplastante:
-Si pudiera volver atrás y vivir nuevamente su infancia, ¿qué tipo de niñez elegiría?
-La que tenía yo en mi casa, antes de dar con la guerra.