«El día que tenga que poner rejas en las ventanas, me iré de aquí. No soportaría vivir en una cárcel». Álida Costales ha vivido casi toda su vida en Castiello de Bernueces. No quiere que su casa parezca un búnker, pero teme que los ladrones que el año pasado entraron en su casa mientras su familia dormía vuelvan a actuar. Cuando se produjo el robo, acababa de acostarse. «Nos echaron algo, porque al día siguiente tenía toda la boca hinchada. No es normal que no escuchásemos nada. ¿Pero si nos revolvieron el armario de la habitación!». Además de poner patas arriba su vestidor, los cacos se llevaron los regalos de la pedida de mano de su hijo y su nuera. Ninguno de los perros ladró. «Al día siguiente, nos levantamos atontados. Hasta que no vi a la Policía por la zona no me di cuenta de que tenía la casa revuelta porque nos habían robado».
Esta vecina de Castiello reconoce que ha adoptado medidas de seguridad. «Los agentes nos dieron unos consejos. Lo importante es que, pongas lo que pongas, los ladrones no se lo esperen». Reconoce que no ha vuelto a dormir como antes del asalto. «El primer sueño lo paso bien, pero luego me despierto varias veces, sobre todo si escucho algún ruido». Álida dice que desde hace varias semanas no ve ningún coche de la Policía por la zona. «No sé donde se meten. La verdad es que estaría más tranquila si los viese, aunque solo fuera de vez en cuando».
Temor
En Castiello aún perdura el temor por los robos. Un vecino de esta parroquia y su familia han abandonado recientemente la casa para mudarse a un piso en el centro. Sufrieron dos robos en seis meses y, en las dos ocasiones, los cacos entraron cuando ellos dormían. Tras el primer asalto, blindaron su chalé. Pusieron una alarma de última generación, una puerta especial, árboles alrededor de las ventanas... Nada les protegió. La tranquilidad que les daba Castiello se convirtió en una auténtica tortura para ellos, hasta el punto de que el cabeza de familia llegó a decir en una reunión de vecinos que estaba dispuesto a comprar una pistola y a utilizarla si los suyos corrían peligro. Finalmente, decidió poner la casa a la venta.
Roberto Vallina, vecino de Castiello, acostumbra a hacer inspecciones por los alrededores de su casa a cualquier hora del día o de la noche. No ha podido dejar de hacerlo desde el año pasado, cuando entraron a robar en su casa.
La sensación de inseguridad también se apodera de los vecinos de Cabueñes. Dolores Velasco reconoce que «es muy difícil hacer frente a este tipo de delincuencia organizada». Considera que la seguridad debe reforzarse en toda la zona rural de cara al verano y, muy especialmente, durante la Semana Negra. Dice que no quiere vivir «prisionera», pero ahora toma precauciones que antes ni siquiera podría haber imaginado.
A pocos metros de su chalé vive Ovidio Rubiera. No ha experimentado en carne propia los robos, pero reconoce que debería haber más vigilancia, sobre todo por las noches. Lo cierto es que quedan pocas casas sin alarma o perros, además de otras medidas complementarias que cada propietario guarda en secreto.
En Somió, el vecindario está dividido. Algunas personas aseguran que «la Policía pasa a todas horas», mientras que otros dan fe de que «es difícil ver un coche». Estrella Luengo nunca ha tenido problemas, pero intenta no quedarse sola en casa. María Teresa, otra vecina, achaca los problemas de seguridad a la expansión urbanística de la parroquia. «Cuando Somió era una aldea no había problemas, pero ahora los ladrones vienen porque saben que hay dinero», asegura. A José Mieres, sin embargo, los ladrones le quitaron «las joyas y veinte mil duros». Este vecino sostiene que «la Policía sólo vigila las grandes urbanizaciones. De hecho, yo sólo veo por aquí guardias civiles».