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Miércoles, 24 de mayo de 2006
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GIJÓN
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Cientos de viajes y un solo formato
El Museo del Ferrocarril inauguró ayer una exposición de distintos billetes de tren utilizados en el mundo durante el siglo XX
Cientos de viajes y un solo formato
EXPOSICIÓN. Arriba, algunas de las máquinas utilizadas para taladrar los billetes. A la derecha, el ejemplar de esta exposición. / DIANA FAJARDO
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No importa los años que hayan transcurrido ni que prácticamente todos los países del mundo hayan dejado de utilizarlo. El billete de tren, el que ha pasado a la historia, será siempre el de cartón. Aquel rectangular, sencillo, duradero, barato y fácil de imprimir que Thomas Edmondson, un jefe de estación británico, ideó allá por la mitad del siglo XIX para hacer más fácil y ágil el trabajo en el ferrocarril. A partir de ahí, pueden variar colores, impresiones y hasta texturas, pero el formato es siempre el mismo. Y de ello da fe la exposición 'Billetes', que desde ayer y hasta el 2 de julio estará abierta al público en el Museo del Ferrocarril.

Dice el director del recinto museístico gijonés que «no tiene la pretensión de ser nada enciclopédico ni divulgativo, es solamente una selección visual de billetes, extraída de dos colecciones, la de José Manuel Martín del Castillo y la nuestra propia. Es algo curioso para el ciudadano de a pie e interesante para los coleccionistas». Y es que, según señala Javier Fernández López, el coleccionismo de billetes de tren es similar al de sellos, la forondotelia tiene raigambre popular.

«Algo tan humilde como un billete de tren tiene un valor documental inmediato pero, casi a la par, adquiere un valor sentimental que puede ser diferente para cada uno, pero siempre existe. Siempre hay algún motivo para guardar un billete. Puede ser porque te despediste de alguien, porque rompiste una pierna o porque viviste un momento especial. ¿Quién no guarda algún billete o entrada de algo?», se pregunta Javier Fernández.

300 billetes

En la sala de exposiciones temporales hay reunidos 300 ejemplares diferentes, pero al verlos parece que fueran el mismo multiplicado cientos de veces. Solamente los distingue el idioma de la leyenda que llevan escrita, el color del cartón o, incluso si están cruzados por una o dos rayas. «El de marrón era familiar, el que estaba cruzado por dos rayas era el de ida y vuelta, y por su color sabían si el portador viajaba en primera clase, amarillo, en segunda, verde, o en tercera, marrón. Todo estaba pensado para facilitar el control y agilizar el funcionamiento», explica el director del Museo del Ferrocarril.

Durante un centenar de años, las máquinas expendedoras de los billetes de cartón constituyeron el sistema más rápido y eficaz para dispensar el pequeño documento que permitía al viajero trasladarse en tren o tranvía. Introducir el importe y extraer el cartón rectangular, al estilo de las actuales máquinas expendedoras de billetes de metro, resultaba mucho más rápido que esperar la expedición de un billete electrónico en un tiempo en que el ferrocarril se enseñoreaba entre los medios de transporte españoles.

La máquina expendedora o los diferentes instrumentos de taladro de los billetes añaden a la exposición un matiz más histórico, aderezado con las cartillas españolas y extranjeras, los llamados kilométricos españoles y billetes de Egipto, Mozambique, India, Argentina, Japón, Portugal o Alemania.

Pero Asturias se lleva el mayor protagonismo. Y para no ser menos, la propia exposición, 'Billetes', cuenta con su trocito de cartón. Es verde. Seríamos viajeros de segunda clase.



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