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Domingo, 28 de mayo de 2006
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Endeudados hasta las cejas
DESDE el Banco de España se acaba de dar un toque de alarma: estamos endeudados hasta las cejas. En España el crédito es fácil. Quedan muy lejos en los hábitos de los españoles aquellos tiempos en que conseguir un préstamo bancario costaba Dios y mucha ayuda de los fiadores y del amiguete que teníamos en la sucursal de la esquina. Ahora te descuidas y vienen los agentes bancarios a ofrecerte un crédito a casa igual que en el pasado llegaban los comerciales de las editoriales a venderte enciclopedias. Aunque no lo parezca, el dinero se ha vuelto accesible para muchos, lo cual no quiere decir que al fin y a la postre resulte barato. En absoluto. Vivir de prestado es caro y, lo peor, si el euríbor, que es el índice que establece la evolución de los intereses, sigue subiendo como en los últimos meses, puede volverse imposible. Pero la dinámica actual del endeudamiento permite encadenar y superponer créditos sin fin.

Casi nadie pierde el sueño o sufre pesadillas agobiado por las deudas. Una gran parte del endeudamiento que pesa sobre nuestras cabezas corresponde a créditos hipotecarios. En España hay tradición rayana en la obsesión por comprar casa -en otros lugares se recurre mucho más al alquiler- y eso eleva la cifra global de las hipotecas contraídas al medio billón de euros. En sólo un año ha aumentado casi un 25%. Luego, naturalmente, están los demás créditos, las compras a plazos y, por supuesto, el volumen incalculable del dinero de plástico, el que soportan las tarjetas de crédito. ¿Quizás demasiado riesgo? Imagino que no, pero lo imagino con cautela. Cuando las entidades bancarias, que no suelen estar regidas por subnormales o inexpertos, siguen promoviendo diferentes formas de prestar dinero, es que las cotas de peligro para su negocio y para la estabilidad financiera nacional no se han alcanzado todavía. ¿Llegará ese momento?, hay que preguntar a los expertos. Esperemos la respuesta. De momento sólo sabemos que en el Consejo del Banco de España hay quienes se mueven con inquietud en los sillones.

Gracias en buena medida a la enorme cantidad de dinero que mueve el mercado hipotecario, en España se ha construido últimamente más que en ningún otro país europeo. Y se sigue construyendo, porque las perspectivas menos optimistas cara al futuro en que se mueve el sector no han parado las obras en marcha ni siquiera han ralentizado los proyectos. El ritmo de construcción sigue siendo trepidante, gracias a lo cual el paro ha descendido y muchos de los inmigrantes que llegan encuentran trabajo. Pero también se imponer preguntar, ¿hasta cuándo va a prolongarse esta situación. Eternamente, desde luego, no. Llegará un día en que, por una razón u otra, incluida la saturación de la oferta, el negocio de la construcción tendrá que decaer. Y nada precipitará más esa caída que el cierre del grifo que con tanta fluidez mana ahora hipotecas.

Los desmentidos en torno a la existencia de una 'burbuja' inmobiliaria son frecuentes, aunque poco contundentes. Nadie ve el peligro, pero casi nadie las tiene todas consigo. El temor a un estallido existe, aunque pocos quieran asumirlo, quizás porque sólo pensarlo causa verdadero estremecimiento. Así, enfriar el mercado inmobiliario antes de que sea tarde y haya que lamentar no haber reaccionado a tiempo, parece imprescindible y apremiante. La actual carrera del dinero y el ladrillo puede convertirse en una temeridad si no se hace algo para sosegarla y someterla a un ritmo sostenible. El problema afecta a toda España, pero se agrava en Madrid, que es donde los precios de las casas más se han desbordado y una vivienda es un 40% más alta que la media nacional. Una bestialidad, vamos.



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