EL primer trabajo remunerado del que tengo conciencia plena de haber sido trabajo y haber estado remunerado fue servir de guía a unos turistas irlandeses. Era domingo y esperábamos para entrar a misa en la colegiata de La Plaza de Teberga. Hace cerca de 40 años la llegada de un autobús, aunque fuera el normal de línea, llamaba la atención. Ante nuestra expectación, se posaron, comentaron algo entre ellos y entraron a misa.
No por ser hombres de Dios dejaron de levantar las sospechas que siempre acompañan la visita de un forastero (no olvidemos que el término «extranjero» designaba un lugar: el extranjero, y que el término «forasteiru» era el apropiado para denominar al que venía de «fora»). Con todo, cuando después de misa preguntaron al cura por un guía que los llevara andando hasta la Pola de Somiedo, los trató como se hacía en los pueblos de entonces y les buscó de guía al crío que era yo y que tenía la ventaja adicional de ir al instituto y de chapurrear algo de inglés.
Cruzar andando de La Plaza de Teberga a La Pola de Somiedo sigue siendo un buen trayecto. Hoy la carretera del puerto de San Llorienzu te lo deja en menos de media hora. Una vía directa al corazón de la zona osera. Aunque ya entonces la carretera a Villanueva y la caja a Vixidel te lo permitía. De manera que, de Vixidel a arriba, subiendo por el camino de Cualmundi hacia la braña, a poco que te desvíes por los senderos a la izquierda de La Mortera o de Tablaos, te encuentras de frente con oseras sin necesidad de dar muchas vueltas ni de buscarlas mucho.
No te digo ahora que, con la carretera citada, puedes estar, desde que dejas el coche, en la braña de Tuiza en dos minutos y en la de Llamaraxil en apenas veinte. Con un poco de equipo y algo de moral de explorador, de Llamaraxil abajo, siguiendo el reguero, y arriesgando de vez en cuando la vida si no estás muy puesto en ello, puedes recorrer en poco más de dos kilómetros y algo más de dos horas, uno de los paisajes más salvajes de Asturias. Lo normal en ese lugar no es encontrarse con un oso, sino que el oso te vea y se pregunte qué pintas tú por allí haciendo el oso.
Para los defensores de los osos el hecho de que yo haga ese trayecto con un grupo de amigos es una aberración natural necesitada de reglamentación. Y, aunque no lo parezca por la manera en que enfoco la cuestión, estoy a favor de esa reglamentación, aunque sin duda de manera bien diferente. Si la regla la dicta el organismo correspondiente del Principado volveremos a estar delante de un conjunto de leyes dictadas desde el desconocimiento del entorno y con el afán restrictivo propio de quien no conoce más allá de las reservas forestales del parque de Isabel la Católica o el de San Francisco.
Una extraña conciencia conservacionista anida en nuestro subconsciente. Para el vecino de los nichos y chalés escalonados de Peroño, en Luanco, resulta una aberración el proyecto de urbanización alrededor del golf en Santana. Como, en su momento, resultó una aberración la construcción entera de Peroño para los que construyeron sus chalés a orillas de la playa o detrás de los de primera línea y así sucesivamente. Porque, para los que vivían alrededor de la rúa de la iglesia, también en su momento fue una aberración la construcción de aquellos chalés.
Luanco no vive de la belleza de su entorno, sino de la ilusión de vivir frente a la mar cantábrica. En Teberga, y en Somiedo, y en Quirós, y en Babia existe un tesoro detrás de la imagen que proyectan los osos. El que dude de ello que se acerque de fin de semana e intente encontrar aparcamiento entre Villanueva y Proaza. El 'boom' de la senda del oso, a pesar de su abandono, no está sino dando sus primeros pasos. Asturias entero es un Disney Paradise. El oso es uno de sus principales activos de futuro. La mina de ficción terminará generando más dinero que la real. Un avance del tema son las visitas al Museo. La montaña de ficción surge alrededor de los aparcamientos de Covadonga. La mar de ficción vive en cada proyecto de urbanización de Llanes.
No hay mejor reglamento que el que se genera alrededor de un precio de mercado. Si tenemos un paraíso, explotémoslo. Explotarlo es cuidarlo.
Detrás de la ilusión de ver un oso se puede construir un mundo entero. Apenas uno de cada mil que suban por Piedra Xueves, por El Michu, por el Xuegu la Bola, por La Sedernia lograrán verlo. Pero, todos, absolutamente todos, se marcharán con la ilusión de haberlo intentado y de haber disfrutado, como me decían aquellos irlandeses de los que comencé hablando y que me recompensaron con 500 pesetas de la época, «the last of the old Europe».