El más importante liberal francés de nuestro tiempo acaba de fallecer hace escasas semanas. Miembro de la Academia Francesa, dirigió el semanario L'Express, fue autor de una cuarentena de obras, filósofo, historiador y gastrónomo. Su auténtico apellido era Ricard, pero lo modificó por un seudónimo tomado del restaurante parisino Chez Revel donde se reunía con sus amigos a disfrutar de un gran estofado.
Quizás pocos asturianos conozcan al intelectual, pero todos los amantes de la libertad en España, tenemos una deuda con él. En una época en la que imperaba el socialismo y el comunismo, defender como él lo hizo, sin ambages, el liberalismo, era ser arrinconado intelectual y políticamente. El lo asumió con valentía y ello debe darnos fuerza moral y política.
Siempre manifestó su pasión por la defensa de las libertades, cívicas e individuales. Fue de los primeros en denunciar la pasividad del estado francés ante el chantaje terrorista de ETA y en reclamar, mucho antes del atentado de Madrid, una mayor implicación de los países europeos en la lucha contra el terrorismo islámico. Lideró también la propuesta de intelectuales franceses que propusieron al premio Nobel de la Paz hace dos años a la ex candidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt, secuestrada por la guerrilla de las FARC.
A pesar de las críticas que dirigió a Jacques Chirac, con el que discrepó abiertamente en diversos campos, el presidente francés manifestó, los pasados días, su tristeza por la muerte del «guardián exigente y vigilante de la democracia, defensor infatigable de la dignidad del hombre». Revel explicó incansablemente el por qué de la supremacía del modelo americano, mucho más abierto y libre, sobre el francés. Mientras que para Chrirac la mundialización es una «laminadora de culturas» para el filosofo es su principal fecundadora.
Descubrí a Revel tardíamente, tras la publicación de su libro 'La gran mascarada', en el que destacaba la conclusión cómica de que después del estrepitoso fracaso teórico y práctico del socialismo en el pasado siglo, la actualidad insistiera en atacar el liberalismo. El descubrimiento tardío de este tipo de autores, si uno tiene la suerte de hacerlo, es lógico en una comunidad en la que los programas educativos siguen anclados en el estudio histórico, social y filosófico del pensamiento socialista. Es siempre un encuentro contracorriente y autodidacta.
Pude conocerlo personalmente en su visita a Madrid en enero de 2.004. Fuimos expresamente a ello, conscientes de que probablemente sería una de las últimas oportunidades. Participó en el homenaje a Raymond Aron, uno de los defensores históricos de la relación entre Europa y EEUU para impulsar los valores de la sociedad abierta. Estaba visiblemente cansado y la conferencia no pudo durar más de media hora.
Ya no contamos con él, pero nos quedan sus escritos. «El liberalismo jamás ha ambicionado construir una sociedad perfecta. Se contenta con comparar las diversas sociedades que existen, o han existido, y sacar las conclusiones pertinentes del estudio de las que funcionan o han funcionado menos mal». En Asturias, tenemos mucha tarea pendiente.