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Martes, 30 de mayo de 2006
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TELEVISIÓN
CRÍTICA DE TV
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CASI un millón de espectadores siguió la otra noche el capítulo semanal de 'Cuadernos de paso', la serie documental que La 2 ha resucitado para sus domingos y que es una coproducción de TVE y DeAPlaneta. Un millón de espectadores es mucha más gente de lo que parece, sobre todo en un programa que exige cierta atención, con textos que hay que seguir, con un relato en primera persona que no se subordina a la imagen, sino que tiene personalidad propia; la mayor parte de la televisión que se hace ahora circula por carriles distintos. 'Cuadernos de paso', que proviene de la anterior etapa de TVE, recoge de algún modo la herencia que dejó Labordeta con 'Un país en la mochila'.

Su autor es Juan Manuel Blázquez, que dirige, realiza y escribe el programa y que, a ojos del espectador, es el caminante que recorre España, pero de quien no sabemos nada más. Tan poco sabemos que ni siquiera TVE brinda la menor información sobre él. Esto envuelve a sus expediciones en un ambiente extraño, como si el narrador pudiera ser cualquier otra persona, también cualquiera de los espectadores. Asimismo, como haría cualquiera de los espectadores, Blázquez tan pronto se detiene en unos dólmenes como en un restaurante, en una iglesia románica como en una cestería de pueblo; al texto afluyen, en un desorden que parece bastante estudiado, la cita erudita y el testimonio humano, la descripción literaria de un paisaje y la charla con ese guardia forestal que nos explica cómo se cazaban los cangrejos hace cuarenta años. Esta estructura, tan heterogénea, da mucha veracidad al relato, pero genera algún problema a la hora de encajarse con la narración en primera persona, con la visión personal del autor; es como si el guión de 'Cuadernos de paso' nos sometiera a bruscos cambios de presión, ora en el testimonio del vecino de un pueblo de Burgos, ora en la construcción literaria de Blázquez, y esos dos mundos, el del autor por un lado, el del paisaje y el paisanaje por el otro, no siempre se engarzan de manera armónica. Felizmente la tele, que es imagen, soluciona el conflicto. Ahora bien, eso soluciona el conflicto del relato, pero no el del espectador, al que estas expediciones por un mundo cada vez más despoblado siempre le generan una cierta melancolía. Buen programa.



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