La selección española llegó ayer a Alemania y comenzó su cuenta atrás con vistas a un Mundial en el que, a seis días de su debut ante Ucrania, se hace difícil imaginar cuál va a ser su papel. Esta indefinición, que tiene algo de sano escepticismo, contrasta ciertamente con lo vivido en anteriores experiencias del equipo nacional en Mundiales y Eurocopas, cuando España se bajaba del avión en un ambiente de optimismo cercano a la euforia, cargada de las mejores expectativas y dispuesta a romper la banca por primera vez en su historia. Esta vez es distinto. Salvo algunos irreductibles y Manolo el del Bombo, que es uno más en la expedición española, nadie se atreve a lanzar las campanas al vuelo.