SOL de justicia en París, tensión en la pista, Nadal en la raqueta, las imágenes en TVE-1. En el micrófono: Nacho Calvo, Alex Corretja y Arseni Pérez. Casi cinco millones de espectadores, pendientes del drama. Nadal va a ganar. Y un locutor -creo que Arseni- va y dice: «Primero Dios y después Rafa Nadal». Disculpemos el exceso por la tensión del momento. Pero es que Nadal gana, el locutor baja a la pista, se acerca al vencedor y le repite: «Primero Dios y después Rafa Nadal». Si eso se lo hubieran dicho a un señor maduro con recursos escénicos, el interpelado no habría dudado en bendecir paródicamente la frente del periodista. Pero como el 'semidivinizado' era un muchacho de veinte años, Nadal se limitó a decir: «Hombre, tampoco hay que exagerar, ¿no?». No, en efecto: no hay que exagerar. ¿Pero es tan difícil hablar tanto rato sin decir ninguna tontería! Los más viejos del lugar recordarán la singular vibración de Juan José Castillo. Eran los tiempos de Orantes, Higueras y Gisbert, pero Castillo se hizo célebre, sobre todo, por su manera de cantar los tantos de Ilia Nastase: «Entró, entró, la volea del rumano».
Se ha ironizado mucho sobre los locutores de la vieja TVE, que lo mismo contaban un partido de tenis que un desfile militar, pero lo cierto es que sabían acariciar el micrófono. La locución del tenis cambió sustancialmente cuando apareció Andrés Gimeno, que pasó de las pistas al micrófono. Gimeno aportó unos conocimientos técnicos avasalladores, lo cual enriqueció mucho la letra de la canción, pero, a cambio, se resintió la música. ¿Quién no recuerda la sugestión de aquellos narradores que, en el trance del saque, bajaban la voz y la deshacían en casi un susurro?
Ahora estamos en otra cosa: la locución deportiva se ha convertido en una técnica divulgativa, y uno aprende mil cosas sobre la velocidad del saque, las singularidades de la tierra batida o la técnica del 'liftado'. Ha mejorado mucho la letra, en efecto. Pero ¿y la música? Ha empeorado. Por eso, cuando llega el momento de las fanfarrias, como este domingo en París, lo que suena es una cosa estridente y descompensada, una épica rudimentaria que aún tendría el encanto de lo primitivo si, previamente, no hubiéramos estado recibiendo una clase avanzada de tecnología tenística. «Primero Dios y después Rafa Nadal». Pues tampoco hay que exagerar, en efecto.