Hacía tres horas que se había bajado del escenario cuando dejó su hotel de cinco estrellas y simplemente cambió de acera. Enfrente, en la calle de César Augusto de Zaragoza, le esperaba un pub inglés y una minifiesta privada con los componentes de su banda como protagonistas. Una hora antes, habían arribado sus músicos, con Albert Menéndez, el teclista cubano que canta junto a ella en el escenario, a la cabeza. Para ellos se había habilitado una pequeña zona del bar en busca de intimidad de paso restringido, pero a la vista de todos. Eran las tres de la madrugada cuando se sumó a la fiesta Shakira. Sonriente, sencilla, hizo gala del temple de una auténtica profesional a la hora de atender a los fans. Ni una mala cara ni un gesto de hastío ante las peticiones de fotos... Besos, abrazos, saludos y sin apear la risa de su mueca.