NO quisiera resultar aguafiestas, pero Ucrania fue un chollo, once camaradas vestidos de amarillo bajo un calor sofocante. No lo digo sólo porque su defensa lograra algo increíble (que Torres parezca un buen futbolista), sino porque la candidez, hasta donde yo sé, desapareció hace años de los campos de Europa. No creo que Xabi Alonso haya marcado un gol de cabeza, en el primer palo y sin saltar, desde que corría por las playas de San Sebastián, y la barrera del libre directo en el 2-0 fue digna de un Zambia-Zaire.
Apuntado esto, dejo las coles y voy a la lechuga.
El fútbol, como la literatura, parece fácil visto desde fuera. Cuando uno lee a Stendhal, piensa: «Qué sencillez. Tiene una historia, un protagonista y palabras que va colocando una detrás de otra. Después de un puñado de peripecias, ha escrito 'La cartuja de Parma'». Luego te pones al asunto y la historia se te escapa, tu personaje flaquea y las palabras se repiten. El resultado es que, tras unos cuantos cientos de cigarrillos, has escrito una carta comercial.
Con Xavi Hernández sucede algo parecido. Uno observa cómo trota, cómo pasa el balón, cómo manda sin un aspaviento, y piensa: «Esto del fútbol es pan comido». Luego bajas al campo y, si trotas, te pisotean; si intentas darla al primer toque, te caes al suelo; si no la pides a gritos, nadie te ve. Hacía años que España no tenía un jugador capaz de lograr ese raro misterio: que el fútbol parezca tan sencillo como 'La cartuja de Parma'.