Un gran bañista de fibra de vidrio sin más aditivos que los que dan color a sus traje de baño reclama atención en el vestíbulo del museo, invitando con su sombra alargada sobre el suelo, como si fuera una flecha voluntaria, a entrar en la capilla de la Trinidad y seguir regalando entre sus muros materia a la mirada. Todo, el hombre de fuera y las obras del templo, son trabajos de Andrés Nagel, creador vasco de trayectoria internacional que hace parada en el Museo Barjola para resumir sus tres últimas décadas de arte. De hecho, la exposición abierta ayer en Gijón y que se mostrará hasta el 20 de agosto, se presenta como una pequeña 'Antológica'.
Ese título es la única pista que Nagel, artista de la nómina Marlborough, da al visitante. Acostumbrado a enumerar sus obras, en lugar de a titularlas, asegura «no querer decir nada», no pensar si quiera en «imágenes concretas» y estar convencido de «que es el espectador el que trata de traducir cuestiones que yo no he pretendido, pues las imágenes que yo vuelco en abstracto se pueden acabar identificando con cosas. Y es que es la historia del que mira es la que resulta agresiva y contundente con los significados».
Pese a la intención del creador vasco, que invita a compartir los sentidos de la vista, el tacto y el sentido del espacio y la luz como máximo juego, es imposible abstraerse, sobre todo, en la pieza central de la capilla a una especie de historia del hombre, tallada en plomo recostado en fibra de vidrio. Figuras humanas, pies, palabras, hachas, incisivos gigantes y otros signos de franca evidencia cuentan un relato casi primitivo.
A su espalda, afectando con los neones que desde fuera iluminan el interior de la pieza escultórica, muestra Nagel una instalación fotográfica, en la que las luces y las sombras y el espacio en el que se encuentran son los protagonistas. Fotografía el artista a su propio perro, siempre en la misma actitud durmiente, pero cada vez sobre un escenario distinto. Unas veces sobre suelo pintado de color, otras sobre hojas secas de magnolio o mimosas.
Completa la exposición, una suerte de pierna ortopédica, pendiendo de una sierra de metal, que pone desde un rincón casi oculto el elemento perturbador en el conjunto antológico, como la directora del Museo Barjola, Lydia Santamarina advierte tras el recorrido por la exposición.