CUANDO lean estas líneas, habré vuelto a Madrid después de algo más de tres años sin pisar sus calles, y seguramente mientras sus ojos se deslizan por estas líneas yo estaré naufragando por los túneles del Metro o buscando por las aceras de la calle de San Bernardo el portal donde está el piso que va a acogerme como huésped. Siempre es grato volver a Madrid, aunque haya transcurrido el tiempo suficiente para que uno tema no reconocerse en sus calles, igual que le ocurrió a Unamuno en su regreso a París. Siempre resulta placentero callejear por los Austrias, tomar una cerveza en la terraza de El Viajero o revisar por penúltima vez, con una sensación a medio camino entre el gozo y el recogimiento, los infinitos fondos del Museo del Prado. Siempre se agradece regresar a los cafés de antaño junto a amigos muy queridos de los que la vida suele mantenerle a uno alejado y recordar con no demasiada nostalgia aquellas larguísimas tardes de caminata entre el faro de Moncloa y los aledaños de la plaza del Marqués de Salamanca.
Resulta difícil hablar de Madrid sin hacer uso de las palabras que ya dijeron o escribieron otros muchos o resistiendo la tentación de incurrir en el tópico, quizás porque todos los tópicos encierran una buena dosis de verdad. Lugar a medio camino entre Navalcarnero y Kansas City; poblachón manchego y embrión de la posmodernidad ochentera; capital del dolor y de la gloria; ciudad inhumana y acogedora a un tiempo
La buena (y la mala) literatura que ha propiciado Madrid a lo largo de su historia hace que sea difícil acercarse a ella sin sentir las reverberaciones del día de difuntos de Larra, los cantos republicanos de Machado, las enmarañadas descripciones de Galdós o los benetianos otoños de mediados del pasado siglo. Pasear por sus avenidas, por sus calles, por sus plazas, supone ir repasando buena parte de los datos almacenados en el disco duro de los sentimientos a lo largo de años y años de esforzada educación sentimental.
Uno sabe que a la vuelta de la esquina le esperan Picasso, la puerta de Alcalá, Goya, Velázquez, El Greco, la Ciudad Universitaria, los veladores del Gijón, y termina sintiendo que Madrid también le pertenece, que sus calles le van envolviendo en una tela de araña extraña y hogareña, que también es de allí aunque sólo la visite de Pascuas a Ramos y que nadie podrá negarle nunca ese placer que da el sentirse uno más entre sus muchísimos vecinos. Y eso, qué quieren, a mí me reconforta.