elcomerciodigital.com
Sábado, 24 de junio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
OPINIÓN ARTICULOS
Atrincherados
DE pequeño me lo pasaba pipa con las obras en la calle. Tantas cosas con las que jugar en cuanto marchaban los obreros, tan a mano y, sobre todo, que ensuciaban tanto, eran una tentación muy golosa para jugar al rey de la montaña, a 'salto de zanja' o, simplemente, a lanzarnos indiscriminadamente montones de arena y grava (ah, aquella infancia donde los niños no estábamos metidos en una burbuja, ¿eh?). Cuando sea mayor, seguramente me lo volveré a pasar pipa en las obras. Máxime desde que las vallas de zinc se han sustituido por prácticas rejillas desde donde poder observar a los afanosos operarios e increparles con mayor fundamento si no vierten suficiente cemento en la junta de la canaleta. Ya puestos a avanzar, confío en que se obligue a poner un cartel donde se indique quién 'actúa' en cada zona: fulano en la grúa, mengano con la pala. Así se podrán aplaudir con propiedad las mejores intervenciones, ¿no?

Y, mira que es curioso, ahora no me resultan graciosas las obras. A lo mejor es porque hay tropecientas mil zanjas abiertas en Gijón, que parece el decorado de una película de guerra. Después llega la Vuelta a Asturias y sólo nos queda una calle libre para disputar el sprint (de momento, los profesionales no van en bici-cross) y se monta un atasco que ni cuando actuaban Los Pecos y la gente salía huyendo. Entre el metrotrén y la creación de esos taitantos nuevos ejes comerciales -curiosa forma de incentivar el comercio, la de ahuyentarlo primero a giro de apisonadora y luego tratar de que vuelva- rivalizamos con Madrid en oferta de zanjas. Seguramente, acabarán la Sagrada Familia antes de que todo el suelo de Gijón esté cerrado, pero, mientras tanto, vivimos al compás del tracatrá del taladro. Yo albergo la esperanza de que el tesoro aparezca en mi calle, que siempre nos tocaría algo. Si no, siempre podremos comprar unos palos de golf y atraer al turismo guiri.

Mientras se ponen de acuerdo en si acabar las obras o dejarlas inconclusas, como alguna extraña muestra de vanguardia, yo he decidido abrir el suelo de mi casa para mejorar mis condiciones de habitabilidad. Seguro que mi a vecino no le importa. ¿Qué más da dos mil que dos mil uno?



Vocento