Anteayer se inauguró en la galería Fruela de Madrid una exposición individual de obras recientes de Humberto, maestro de artistas asturianos y singular pintor que, en los últimos cuarenta años, ha mantenido la pureza, el rigor, el simbolismo y el concepto en todas sus etapas. En esta ocasión la serie se titula 'Terrae' y manifiesta su interés por comprender la vida, la naturaleza y el arte a través de los cuadros.
El referente más directo para esta serie es la exposición que Humberto presentó hace cuatro años en la galería Dasto (Oviedo) donde su constante interés analítico profundizaba en la idea de los templetes neoclásicos y sus jardines, remitiendo a aquellos 'follies' de la época romántica que armonizaban la naturaleza y el hombre. Sin llegar a la idea de instalación, aquellas escenografías resultaban casi teatrales, en un esfuerzo procesual que combina el arte y la vida diaria. Lentamente, asumiendo el acto de pintar como una acción, Humberto ha venido quebrando la relación entre el tiempo y la física, superponiendo ambos hallazgos. El pintor asume su pintura, una vez más, como experiencia directa de su mundo.
En Madrid, Humberto ofrece pinturas que se nutren de la propia pintura, con acertados esquemas compositivos y efectivos contrastes entre gestos y líneas, entre la materia y la estructura geométrica, entre los tonos puros y sus complementarios. Y en ese respeto por las calidades compositivas, como siempre, deja entrever un trasfondo conceptual dirigida a comprender la génesis de su propia cotidianidad.
-Una exposición ciertamente impactante. ¿Esperanzado?
-Esperanzado, sí, y muy satisfecho del rigor y la profesionalidad de esta galería, que me está tratando de maravilla. Estoy muy contento.
-Las relaciones entre arte y naturaleza siempre han tenido una importante conexión en sus pinturas, pero se han intensificado en esta serie...
-Pues sí. La verdad es que trabajar al hilo de un concepto concreto me ha permitido meterme más que nunca en el tema y desarrollar un trabajo muy cómodo. La exposición es el resultado plástico de una reflexión sobre la naturaleza que me permitió el cultivo de un espacio, un pequeño huerto o jardín, intensificando la convivencia con la naturaleza, el estudio del mundo animal y vegetal que allí habita. No hay duda de que eso te hace reflexionar sobre otras cosas, sobre la vida, sobre nuestra existencia o sobre el destino del ser humano.
-Es una obra abstracta, pero sólo en apariencia. Porque las composiciones ponen el acento, el énfasis y las claves en esas fuerzas inherentes a la naturaleza.
-De hecho, los 'dripping', las geometrías y los demás elementos están suscitados por los entablamentos del jardín y del huerto, por las cercas, los diversos habitáculos, las capas de tierra, las humedades...en el cuadro aparecen masas a modo de mantos, pigmentos que responden a estímulos reales. Yo diría que, en ciertas partes de los cuadros, hay sensaciones incluso tactiles, texturas que recuerdan mantos de tierra. A veces, los propios accidentes del trabajo pictórico te enseñan cosas. Los craquelados del óleo me recuerdan a la tierra seca, fragamentada...y entonces los respeto. Las veladuras recuerdan el agua que cubre la yerba ...hay referencias que, en el fondo, son muy naturalistas.
'El mundo de Ron'
-Se percibe aquí mayor acumulación formal que antaño. Una vuelta a cierto clasicismo.
-Yo diría que estoy rescatando toda la intensidad del neobarroco. Estoy un poco saturado de las experiencias minimalistas, estoy harto de los puntos y comas sobre el cuadro. Me hastían esas experiencias, sobre todo cuando son miméticas o estériles. El 'minimal' siempre me ha interesado, lo he practicado en cierto modo. Creo que es uno de los movimientos más fructíferos de la historia del arte. Quiero recuperar luces y sombras, apreciar también los espacios muy complejos.
-¿Trabaja ya en otras series?
-He comenzado 'A ras de suelo o el mundo de Ron', un trabajo pictórico y fotográfico basado en el pavimento urbano de Madrid que yo transcribo mentalmente hacia el cuadro. Me inspiro en los espacios que se contemplan en el suelo, una percecpción que habitualmente se nos escapa. Ron es el nombre de mi perro.