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Sábado, 24 de junio de 2006
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Test del deseo
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Leticia distingue entre días puros y días impuros, siendo aquéllos los en que se siente mujer deseada y éstos los en que no. Y como es como es, si le toca día impuro coge la barra de pan y unos rabanitos y se encierra en casa hasta mañana si Dios quiere, que para algo es representante de muebles. Y es que la indiferencia de los viandantes la mata.

En fin que cada día, cuando sale de casa, busca de intento a la primera pareja que camine en sentido contrario y advierte en el cruce si a él se le ha ido la vista o si ha sido a ella, o a ambos. Y si sí, repite la suerte. Y si también, entonces continúa su marcha dispuesta a vender sofás. Pero si no, entonces coge pan y rabanitos y se pasa el día en casa tocándose.

Me dice que últimamente solo contabiliza las miradas de las mujeres porque las de los hombres, Javier, las doy por descontado. Las que van en pareja caminan hacia ella uncidas a un brazo peludo, orgullosas de esa sumisión que exhiben con la ostentación con que Mister Bean muestra sus bolígrafos.

Miran al suelo y parecen distraídas o a lo suyo, pero en el momento fugaz del encuentro sus ojos se abren y en décimas de segundo se apropian del pelo rojo de Leticia, de su chaqueta ajustada, de su forma de andar, de la barbilla, de los labios de achicoria, y durante décimas de segundo comparan culos y pechos y hombros y caderas más para compartir que para competir.

Entonces Leticia, me dice, dirige su vista franca a las pupilas de los ojos de las desconocidas y en milésimas de segundo sus miradas vuelven al suelo o al frente y Leticia se apunta un tanto.

Otras caminan solas, con aire de llegar tarde a donde quiera que vayan. Ésas, me dice Leticia, es más difícil que te miren, pero si te miran lo hacen sin ambages, te examinan, te escanean y en un segundo saben si te has inyectado los labios o si no te han tocado desde meses. Y si la miran, pues día puro y a sus muebles sabiéndose deseada.

Leticia calcula en un ochenta por ciento sus días puros, y me dice que si contara a los hombres, que entonces que ¿puf!, pero que también es verdad que aprovecha la ventaja de la hora de los encuentros, las nueve de la mañana, que es cuando la gente está más caliente.



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