El escritor catalán Josep Plá se resistía a ir al médico hasta que la consulta fuera con el forense. Hay muchas gentes así, la mayoría de las cuales nunca ha escrito nada. No es lo aconsejable, aunque puede comprenderse. Los médicos no acostumbran a dar buenas noticias, por más que puedan retrasarnos las peores.
Si, además, el trámite ha de resolverse en unos cinco minutos, cabe advertir que los mejores galenos no están titulados en ciencias adivinatorias, que son las ciencias más alejadas de la ciencia. En cuanto a los sufridos pacientes, hemos de reconocer que no sólo desconocemos nuestras almas, sino que tampoco estamos adiestrados en el autoexamen de un cuerpo donde habitan órganos tan raros como el píloro, el yunque y el martillo, o la región occipital.
Me lo decía un contertulio habitual, aquejado de una úlcera específica. «¿Qué coño es eso de que me diagnostiquen una úlcera de píloro? Será de estómago, no te jode».
Preferimos la simplificación. Y tal vez los doctores propendan a una letra enrevesada. Así que habrá que llegar a un punto de encuentro entre nuestros dolores y el lenguaje que los descifra. Sin olvidar las necesarias palabras de consuelo.