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Sábado, 1 de julio de 2006
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GIJÓN
ANÁLISIS
Loli
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ALLÁ por los ochenta, yo era un veinteañero recién licenciado, que soñaba con dedicarse a la educación. Surgió la oportunidad, pero había un problema, el trabajo era en Gijón. Sí, un ovetense en tierra enemiga. La opción, para quien no tenía carné de conducir era el autobús diario o quedarse en Gijón; la primera intención, ida y vuelta diaria, pronto se descartó por el temor a la autopista, ya entonces un infierno, y el descubrimiento de una ciudad y, sobre todo, de una gente que tiraba. Tras la primera semana hubo ida, pero, quizás, nunca más vuelta.

Había que buscar piso y lo encontré, gracias a una compañera que podía ser mi madre, céntrico y barato. Loli había convertido su casa de Garcilaso de la Vega en una especie de consulado ovetense donde recalaban unos jóvenes 'emigrantes' que tuvieron la suerte de encontrar un trabajo que era mucho más, por la libertad, utopía e intensidad con que se vivía en el colegio la reforma de Maravall.

Loli no era experta en pedagogía, le agobiaban los papeles y la terminología de cada nueva reforma, pero era maestra en cercanía. Lo suyo eran el deporte y la fiesta. Siempre dispuesta a colaborar en la comisión cultural, organizar un campeonato, jugar con sesenta años partidos de voley contra alumnos que podían ser sus nietos o convocar cenas de profesores a medio camino entre un claustro permanente de debate intenso y un programa de variedades cargado de chistes y aventuras, con Loli como maestra de ceremonias.

Dicen que madre sólo hay una, pero algunos nos sentimos en casa y adoptados desde nuestra llegada. Gracias. Un beso Loli.



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