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Ferrari recobra aire ante Alonso
Michael Schumacher logra la 'pole position' con el asturiano en quinta posición de la parrilla de salida y que estuvo a punto de no pasar el corte
Ferrari recobra aire ante Alonso
SITUACIÓN DIFÍCIL. Fernando Alonso sigue sin encontrar su sitio en Indianápolis ./ AP
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Ingenieros, mentes sesudas, aficionados y hasta los pilotos intentaban desentrañar la madre del cordero. ¿Por qué Indianápolis se adapta como anillo al dedo a Ferrari? ¿Por qué los Bridgestone del cavallino rojo abruman aquí? Las preguntas flotaban de un lado a otro en este circuito oval

construido en los años veinte e integrado en el paisaje urbanístico de la ciudad. Y mientras, del tablón de resultados colgaba la evidencia: Ferrari está un segundo, un mundo, por delante de sus competidores en este singular trazado. Fernando Alonso llegó a la quinta posición para hoy, y resoplando, porque estuvo a punto de no pasar el corte de los diez mejores.

Es muy probable que detrás de la lógica numérica de la F-1, de su visión simplificada que todo lo explica por la pura tecnología, se escondan motivaciones más artesanales. Ejemplos. Brasil, jugando en el viejo Las Gaunas, siempre enfangado, un barrizal sin aprecio al toque del artista. O Nadal, pasándolas canutas en la hierba de Wimbledon, sin poder deslizarse sobre la tierra para llegar a todo. O Chechu Rubiera, sin connotaciones de sospecha, sufriendo como un perro frente al sol cuando él rinde como un reloj cuando aparece la lluvia.

Pues eso. Por el motivo X, la manufactura de los neumáticos Bridgestone, la impulsión supersónica de velocidad punta en la larguísima recta o el cruce de caminos a su favor, a Ferrari le sienta Indianápolis como un auténtico guante.

Sin despeinarse

Michael Schumacher logró la 'pole' con una mano, sin despeinar un pelo de su cabellera meticulosamente desordenada. En una de las paradas de la sesión de cronometraje, confiado en su cohete Ferrari, en la magia de los Bridgestone y en su incuestionable pericia, saludó a la cámara, como quien se encuentra iluminado por una revelación divina.

Siempre veloz durante el fin de semana, Ferrari proyectó a uno de sus satélites, Felipe Massa, sobre el gobierno de Fernando Alonso. El asturiano estaba pasando una mañana (tarde en España) de perros. En los sesenta minutos de la sesión, transitó pálido, siempre sexto, sétimo, octavo, posiciones que chocan contra su exacerbado nivel de competitividad. Tragó saliva en el segundo tramo, cuando registró el noveno mejor tiempo y Montoya le podía aparcar en la décima posición, a una patada de la eliminación. Acabó noveno e ingresó en el top diez.

Y en esto llegó Massa, eufórico con su lanzadera. Intentó adelantar al campeón del mundo en la anchísima recta de meta, una delicia de carretera que permite observar alguna vez algún adelantamiento, y no como los anodinos circuitos que decretan el destino de las carreras en función de los paradas en box. No pudo a la primera porque Alonso se empeñó en ello, pero sí le pasó a la segunda, en una lícita pretensión de Ferrari de bajarle la moral, de imponer su vasallaje en la pista americana. Massa sobrepasó al asturiano no por su pilotaje, que lleva todo el año por detrás en las pistas que exigen otras manos, sino por la solvencia de un monoplaza que vuela en la amplitud de Indianápolis. Un circuito, por cierto, a tono con las autopistas de la zona, vastas extensiones de asfalto a lo largo y lo ancho.



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