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Martes, 11 de julio de 2006
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Franco no era el abuelo de Heidi
DIRECTOR DEL ENCUENTRO INTERNACIONAL DE FOTOPERIODISMO SEÑOR Piqué: Hace años escribí un artículo bajo el título: «Señor Frutos: Milosevic no es Heidi». Hoy tengo que decirle que, aunque usted y su partido se nieguen a condenar el fascismo español de Franco, sé, porque como periodista he vivido bajo el cruel fascismo de Milosevic y Pinochet, y porque lo dice desde el sentido común hasta la Real Academia Española, que Franco, Mussolini y Hitler eran fascistas en estado puro.

Creo que quienes lo niegan intentan confundirnos una vez más con esa falsa neutralidad que tantas vidas ha costado en España, Ruanda o Bosnia. No, no es igual. No son iguales un golpista, un asesino y un violador que aquellos que arriesgan su vida para defender la democracia y la libertad. Sin duda, inocentes serán quienes, arrastrados por la historia, participaron sin cometer crímenes de guerra ni contra la Humanidad, les tocara en un lado u otro de la trinchera.

Hace unos meses, investigaba los archivos fotográficos de Associated Press en Nueva York y del archivo histórico del PCE para preparar una exposición del Encuentro de Fotoperiodismo de Gijón. Y veía, una tras otra, copias calcadas de mis negativos en Sarajevo, donde durante meses viví un asedio como el de Madrid en la guerra civil. Las mismas caras, la misma sangre, la misma muerte, los mismos niños descerebrados por la metralla, la misma resistencia al agresor fascista.

Recuerdo perfectamente mi rabia e impotencia cuando me enteré de la masacre en Srebrenica, donde, en 1995, 8.000 bosnios fueron separados de sus mujeres, asesinados y enterrados en fosas ocultas. Hace unas semanas, fotografié la recuperación de unos cuerpos en una fosa, durante años también oculta. No era Sbrenica, era en Llanes, en Turanzas.

Hablé con Rogelio, el hermano de ocho niños cuyo padre era uno de los esqueletos que surgía de la tierra, 70 años después. Aquel niño, hoy ya anciano, tuvo que convivir diariamente con uno de los falangistas asesinos de su padre, puerta con puerta, en silencio, con miedo, durante toda su vida. Desde hace 70 años, muchos miles de españoles ansían tener la misma suerte que Rogelio, o que las mujeres de Sbrenica que saben dónde llorar desde hace tiempo.

Estoy rodando un documental sobre la represión fascista en Asturias. «Vamos donde vaya nuestro hijo», dijeron los abuelos de Josefina a los secuestradores de su hijo. ¿Dónde están? Desaparecidos. Como en Chile. La madre de Josefina amaba las flores, pero sus flores no tenían tumba.

Quienes niegan y manipulan la historia cuando les conviene, quienes niegan la validez de las elecciones y referendos libres, quienes niegan la legitimidad de un Gobierno democrático para buscar la paz, haciendo un discurso del miedo, de enfrentamiento y de guerra, están renegando de la esencia misma de la democracia.

No quieren otra memoria que no sea la suya, la de los vencedores. Se siguen negando a reconocer que mientras unos dieron un golpe de Estado contra un Gobierno democráticamente elegido, otros fueron torturados, encarcelados, ejecutados desaparecidos y tratados como bandoleros y rebeldes por defender la libertad. Hasta que perdamos el miedo y recuperemos la memoria secuestrada por el fascismo, señor Piqué, por el fascismo.

Los jóvenes no pueden tener memoria, pero sus padres y abuelos sí, aunque fuera guardada para protegerles, por miedo o en aras de la democracia. Ahora, los jóvenes necesitan esa memoria de los abuelos para poder pensar y decidir. Sin información no hay opinión, sin información no hay elección, sin información no hay libertad.

Como en Bosnia, en Sudáfrica, en Chile o en Ruanda es necesario saber la verdad, conocer la historia para no repetirla. Nos robaron la libertad y la democracia, que no nos roben la verdad y la memoria. Vencer el miedo a la memoria es la última batalla de la guerra contra el fascismo. Sólo así se habrán alcanzado los últimos objetivos de las tropas democráticas. Y la guerra habrá terminado. Ya es hora.



Vocento