El Ayuntamiento organiza desde el año 2000 el programa 'Vacaciones en Paz', mediante el cual niños saharauis pasan el verano en Asturias alejados de los campamentos de refugiados. Sueñan con tener suerte en un futuro para poder emular a Hamada. Tiene 31 años y desde octubre del 2005 vive en la residencia Menéndez Pidal. Desde allí, acude todos los días a Mieres para especializarse en cirugía por paroscopia después de estudiar medicina en Cuba. Su intención es la de llevar hasta el Sáhara este método de operación para mejorar notablemente las condiciones de vida de los refugiados, a la espera de que llegue el día en el que pueda ver cómo su territorio es reconocido como un estado oficial e independiente.
-¿Cómo se ha aclimatado a la vida en Asturias?
-Me siento muy cómodo.Lo único malo es el clima, que para mi gusto es demasiado frío. Aquí he visto por primera vez la nieve.
-¿Qué recuerda de su infancia en el Sáhara?
-Tengo muy vagos recuerdos, porque con apenas un año tuvimos que huir de los bombardeos marroquíes y, cuando cumplí los 12, partí con otros 800 niños en un barco hacia Cuba. Recuerdo cómo los otros niños lloraban en una travesía que duró 15 días.
-¿No resultó muy duro?
-Imagínese. Vivimos los años más delicados en Cuba, cuando se desintegraron los regímenes soviéticos de Europa, que eran los que mandaban las ayudas. Estar sin el calor de tu familia, sin jabón y con una comida pésima se hace muy duro, pero por otra parte nos hizo hombres.
-¿Era consciente de los movimientos del Frente Polisario?
-No mucho, pero en aquélla época todo niño vivía con el sueño de ser militar y morir por el país. Con 16 años intenté hacer carrera militar, pero no me lo permitieron por ser tan joven. Muchos de mis amigos han muerto en la batalla.
-¿Qué pasó por su cabeza cuando volvió al campo de refugiados?
-No volví hasta los 25 años. Es en esos momentos cuando te das cuenta de la situación que viven los refugiados en un desierto inhóspito a 50 grados. Cuando solo conoces el Sáhara piensas que la vida es así, que no hay otra cosa.
-¿Y por qué decidió formarse en el método de la paroscopia?
-Me di cuenta de que las operaciones en los campamentos resultaban muy difíciles, porque las heridas necesitan una temperatura determinada para cicatrizar. La paroscopia es idónea, porque apenas hace incisión y la recuperación es mucho más rápida. En Cuba conocí a Faustino Pozo, que conocía el método y me dio la oportunidad de venir a Oviedo.
-¿Ha conseguido su objetivo?
-De momento, han donado un equipo quirúrgico al Sáhara, y el hospital de Sama también está colaborando. Mi intención es encontrar un trabajo aquí y visitar los campamentos durante las vacaciones, porque mi padre murió y tengo que mantener a mi madre y a mis cinco hermanos.
-¿Qué parte de culpa cree que tiene España en el problema saharaui?
-Es la que tiene la responsabilidad, pero hay muchos intereses de por medio. Recuerdo la ilusión de mi padre cuando Felipe González visito los campamentos y prometió un estado reconocido. Después no cumplió nada. Mientras tanto, las Naciones Unidas aplazan el problema constantemente. ¿Qué quieren, acabar con la paciencia de la gente? No creo en la ONU.
-¿Y qué opina de los españoles?
-Lo tienen casi todo y en cambio viven con demasiado estrés, porque cuanto más tienen, más quieren. Viviría como un saharaui y trabajaría como un español.
-¿Cómo ve los atentados terroristas de bandas como Al Quaeda?
-La muerte no está contemplada ni en el Corán. Son extremismos por los que acabamos pagando todos, porque somos un pueblo pacífico que no mata a nadie.