Cinco años después de que la enfermedad de las vacas locas obligase a retirar las carroñas de los montes parece que empiezan a surgir evidencias de la incidencia de esta medida en la vida del oso pardo. Al parecer, los animales muertos, procedentes principalmente de explotaciones ganaderas, constituían una de las principales fuentes de alimentación de los osos. Y con la retirada obligatoria de los cadáveres, establecida por el reglamento 999/2001 de la UE, la recuperación de la especie en peligro de extinción será «muy difícil», asegura el presidente del Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas), Roberto Hartasánchez.
La organización conservacionista, junto con el catedrático de Ecología de la Universidad de León, Francisco Purroy, está llevando a cabo un estudio para conocer los efectos que provoca esta situación en el oso pardo cantábrico. A través de cámaras ocultas y el uso de cadáveres de caballos como señuelo, las investigaciones ya han arrojado datos: en primer lugar, que los plantígrados acuden a la carroña en busca de proteínas principalmente cuando abandonan la hibernación, en febrero, y hasta que en primavera los montes comienzan a ofrecer frutos silvestres.
En segundo lugar, las cámaras han detectado la presencia de oseznos «esqueléticos» en una proporción mucho mayor a la que existía hace cinco años. Ahora, se trata de establecer la vinculación entre ambas evidencias.
Una relación que Hartasánchez cree incuestionable. El presidente del Fapas asegura que la carencia de ese aporte proteínico al que la especie estaba acostumbrada en Asturias, al ser un territorio muy humanizado, es vital, sobre todo, para los ejemplares juveniles que se independizan. Al parecer, pese a que el número de osos pardos ha crecido en los últimos años, no lo ha hecho en la medida esperada. «Creemos que el aumento de la población es lento por las muertes que se registran en el momento de la independencia: un animal mal alimentado tiene menos posibilidades de sobrevivir en esa etapa, la más crítica de su vida».
La solución a la ausencia de carroña en los montes, a juicio del Fapas, sería flexibilizar la normativa comunitaria. «En las ganaderías de montaña, donde los animales están en libertad, no se han detectado casos de encefalopatía espongiforme», por lo que no se justifica, a su juicio, aplicar una medida global que sí es necesaria en las explotaciones donde los animales están estabulados. La organización ya ha presentado un estudio al Principado en este sentido que, según Hartasánchez, la Consejería de Medio Ambiente ya ha presentado en Madrid.