Domingo, 24 de septiembre de 2006
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La dictadura del 'on line'
EN una serie televisiva, real como la vida misma, dos policías buscan en el ordenador de la comisaría la ficha de Peter Martin, sospechoso de haber hecho una barrabasada. .

-Sargento, ¿qué tenemos de Martin?, pregunta el inspector. .

-De momento, poca cosa. Dos multas de tráfico. Una el 28 de mayo del 2001, por no sacar ticket en zona azul, y otra del 2 de octubre del 2005, por circular a exceso de velocidad. .

-Y de sus tarjetas de crédito ¿podemos deducir algo?.

-Vamos a ver. Aquí están sus gastos en el híper. ¿Caramba! Martin lleva una dieta de espanto, pero esto, por ahora, no es ilegal. .

-Entonces, ¿el pájaro está limpio?.

-No del todo, señor inspector; hemos accedido a su libro de escolaridad. Por las notas en el colegio Martin tenía una gran facilidad para la química. Cuando estudiaba la Secundaria era conocida su afición por fabricar determinados productos, como las bombas fétidas. Se le acusó de tirar una de ellas el 14 de junio de 1983, durante el acto solemne de graduación.

-¿Es nuestro hombre!, exclama el inspector. ¿Vamos a por él!

Gracias a los datos recibidos on line en el ordenador de esta comisaría, la policía pudo detener a Peter Martin. Por supuesto, al margen quedan otros aspectos como el hipotético derecho a la privacidad y a la intimidad, indudablemente soslayado en esta sociedad de la información, y el enorme esfuerzo de introducir todos esos datos en la memoria de un ordenador. Digamos que en este caso, por supuesto éticamente cuestionable, un imperativo de seguridad prevalece sobre el derecho a la intimidad y, en definitiva, la propia libertad individual.

Nadie cuestiona la utilidad de la informática y la necesidad de estar conectado, para multitud de aspectos de la vida cotidiana. Sin embargo, a veces esa utilidad puede ser completamente inútil. Hace un par de años, en una tienda de las que abren los veranos en zonas turísticas para despachar el pan, la leche, y poco más, se formó, en la caja, una cola descomunal.

-¿Qué pasa?, se preguntaba la gente.

-Que a la cajera se le colgó el ordenador.

El ordenador de la cajera dejó de funcionar, y por eso la tienda quedó bloqueada. La cajera no podía cobrar el pan, abrir la caja para dar la vuelta, leer el código de barras de los productos, o precisar la vuelta u otras operaciones de contabilidad elemental.

Otro caso. En la organización de las bibliotecas, se puede hablar de dos etapas: antes de la informatización de los ficheros y después de ella. En la etapa preinformática, las referencias de los libros estaban en fichas de papel. Se miraba la ficha, se apuntaba la signatura y asunto terminado. En la etapa post informática, el ordenador de una mínima biblioteca nos da, vía 'on line' cientos de referencias del libro que buscamos, precisándonos la cantidad de sitios en los que se puede encontrar. Por supuesto, entre estos sitios, no figura la biblioteca en la que estamos. Tanto en el ejemplo de la biblioteca como el de la tienda, sospechamos que la utilidad real de la informatización ni justifica el gasto ni resulta más cómoda para el usuario .

Desde el Ayuntamiento de Gijón se está haciendo una apuesta por la informatización dentro de diferentes servicios ciudadanos. La tarjeta ciudadana, de incuestionable utilidad, o la puesta en marcha de la 'ventanilla única' por la que se pueden simplificar diferentes trámites, son aspectos positivos de esta apertura tecnológica. Sin embargo, si por esta informatización convertimos un trámite sencillo, como por ejemplo matricularse en una actividad deportiva, en un rompecabezas 'on line' que nos hace escudriñar, la página web del Ayuntamiento, nos encontramos con otra burocracia virtual, más desesperante que la de la ventanilla. Cuando un determinado y sencillo trámite sólo se puede realizar a través de internet, estamos cambiando el «vuelva usted mañana» por la dictadura del 'on line'.



 
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