Lunes, 9 de octubre de 2006
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GIJÓN

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El derribo de los falsos techos ha sacado a la luz nuevas bóvedas
El yeso también ocultó durante años los 1.500 metros cuadrados destinados a biblioteca
El derribo de los falsos techos ha sacado a la luz nuevas bóvedas
DISEÑO. El pasamanos de la escalera del teatro. / SIMAL
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La Universidad Laboral que verá la luz en los próximos meses descubrirá el ingenio de Luis Moya, oculto bajo años de abandono y capas de yeso. Porque las escaleras de mil formas no son ni la única, ni quizás la más importante aportación del arquitecto que permanecía oculta.

Ahora se podrán admirar las bóvedas tabicadas, que diseñó para ahorrar costes, y que han quedado al descubierto por todo el recinto tras derribar los techos falsos. Debajo de cada cubierta en línea recta se esconde una de esas cúpulas, que Moya dejó en herencia a la historia de la arquitectura y que consiguen aportar mayor suntuosidad a una dependencias de por sí monumentales.

El legado de Moya, una bóveda en la que el ladrillo -económico, gracias a la mano de obra barata y profesionalizada- sustituía al hormigón en una España que no podía permitirse su precio, quedó oculto en la década de los setenta también por motivos económicos. «Los falsos techos se hicieron, en algunos casos, porque era mucho más fácil instalar la iluminación o pasar otro tipo de instalaciones», explica Sergio Barragán.

Una solución técnica que Moya mejoró y llevó hasta sus últimas consecuencias en la bóveda elíptica de la Iglesia, realizada con pares de hileras de arcos de ladrillos cruzados. La cúpula de un edificio en el que Principado y Ayuntamiento prevén instalar el Centro de Interpretación Territorial del Municipio de Gijón, aunque antes deberán contar con el apoyo del Arzobispado para desacralizar el templo.

Tanto si se mantiene su uso como iglesia o si finalmente se destina a espacio expositivo -que tendrá como elemento central una maqueta en la que se explicará la historia de la ciudad a lo largo de la historia-, la cúpula tabicada seguirá atrayendo las miradas de los visitantes.

Espacio para el estudio

El yeso también tapió el espacio que Moya ideó como biblioteca, pero que jamás vio la luz. 1.500 metros cuadrados destinados al estudio, a los libros, salas que los alumnos nunca ocuparon, que los volúmenes nunca llenaron y que fueron concebidos en dos alturas cerca del techo, llenos de luz y envueltos en una provocativa invitación a ser disfrutados. Y ahí, vuelve a estar presente la singularidad del arquitecto para diseñar, en este caso, una pequeña escalera que una la primera con la segunda altura. Una escalinata a la derecha y otra a la izquierda, ambas voladas, se encuentran en el medio para salvar unos pocos metros.

Todo es diseño. Incluso las barandillas de la escalera del teatro -el edificio que mayores dificultades ha planteado en la rehabilitación-tienen una pequeña hendidura para que los usuarios puedan encajar los dedos mientras suben o bajan.

Una idea sencilla, pero que hasta entonces no se había planteado. Es más, hubo que esperar casi medio siglo para que un diseño similar se aplicara a un estropajo con el que proteger las uñas de las mujeres al lavar los platos.



 
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