Fueron 33.000 toneladas de escombros las que generó la rehabilitación de la Universidad Laboral. Y no fue por reconstruir elementos viejos sino por derruir los nuevos. Por derribar todos aquellos tabiques, paredes y falsos techos que escondían la originalidad creativa de Luis Moya. En unos casos fue desde siempre, porque algunos de los elementos que la maquinaria dejó al descubierto habían sido, allá por los años 50, simples proyectos que el creador de la Laboral nunca llegó a ver terminados. Otros, sin embargo, fueron voluntariamente escondidos merced a la operatividad y economía de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Fuera cual fuere, en todo caso la intención, el resultado es que los asturianos de la primera década del siglo XXI conocerán una Universidad Laboral diferente, desconocida, incluso, para quienes la inauguraron con 12 años en 1955.
Cuenta el arquitecto director de la obra que en el año y medio de trabajo llegaron a descubrir hasta siete escaleras ocultas. «Estaban tapiadas, porque ni siquiera se habían llegado a construir. Luis Moya las dejó en estructura y nosotros las hemos culminado», afirma Sergio Barragán, quien no puede, ni a buen seguro quiere, eludir su admiración por el hombre que hace más de medio siglo marcó pautas para entonces impensables. Y las encontraron repartidas por todo el edificio. Dos estaban en el patio barroco, el que da acceso interior a la zona que ocupan los alumnos de Formación Profesional; otras dos en el área sur, que los técnicos llaman 'zona noble', y que a partir de enero llenarán los alumnos de la Escuela Jovellanos de la Universidad de Oviedo; otras dos en el ala norte, que ocupa el teatro, y una en la torre de entrada.
De todas ellas, dos se llevan los mayores honores y las dos se encuentran en ámbitos educativos. La estrella por antonomasia es, sin duda, la que sus descubridores han bautizado jocosamente como «el pequeño Guggenheim», un caracol interminable que visto desde arriba produce el vértigo de un tornado. Da acceso a la biblioteca y la luz y el cristal que la rodean la convierten en un elemento diferencial. Tan personal y singular, que cuesta trabajo creer que nunca se hubiera realizado. La otra, menos espectacular pero quizá más elegante, se encuentra en el hall del Centro Integrado de Formación Profesional. También en caracol pero menos pronunciado, sus primeros ocho escalones son más amplios y abiertos que el resto de la escalinata, lo que le otorga una distinción en cierto modo impropia de un centro educativo. Ante ella inauguró hace cinco días el presidente del Principado esas instalaciones y ya recibió sobre sus escalones las pisadas de los primeros usuarios.
A Luis Moya le gustaban las escaleras. Disfrutaba diseñándolas y buscando formas distintas para cada una de ellas. Quizá el hecho de que entre los cinco hermanos Moya tres fueran ingenieros, ayudara a Luis a aportar originalidad a un elemento que, pensado como estaba para niños en edades inquietas y traviesas, podría no requerir excesiva creatividad.