Domingo, 15 de octubre de 2006
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Un equipo de veinticinco personas dirige y coordina la ejecución de las obras de la Laboral. Su consolidación ha sido la parte más compleja de este inmenso proyecto
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Desde lejos, la silueta de la Universidad Laboral impone. Pero sólo cuando uno se adentra en el monumental complejo diseñado por Luis Moya se da cuenta de su dimensión, de su magnitud. Y entonces la Laboral ya no sólo impone, sobrecoge. Miles de metros cuadrados sometidos desde hace un año a una profunda rehabilitación para adecuar y convertir los espacios concebidos en la década de los cincuenta en la Ciudad de la Cultura. Un proyecto ambicioso, como el ideado por Moya, que ha encontrado en el trabajo en equipo y la apuesta por una dirección de obra única, su mejor aliado para llevar este buque insignia de la cultura del siglo XXI a buen puerto.

El barco navega desde hace meses a velocidad de crucero, capitaneado por el arquitecto y director de la obra Sergio Barragán, y el también arquitecto y coordinador del Principado Antonio Cuartas, pero la travesía no ha estado exenta de dificultades. La principal, conseguir una tripulación sólida y coordinada. Pasar de los cinco miembros con los que izaron velas -Cuartas, Barragán, Lidia Niño, Noelia Menes y Eloy Uría- hasta los 25 que integran la dirección de obra (Barragán y Asociados), la de instalaciones generales (Seinco) y la seguridad y salud (Seinco) ha sido el principal obstáculo del proyecto. Y para facilitar la navegación hubo que soltar lastre, «ceder» y dejar que los «criterios personales» se solaparan a uno común. No fue fácil y en la travesía abandonaron el barco algunos profesionales.

La tripulación al completo -ingenieros, aparejadores y arquitectos- se hizo a la mar a mediados de noviembre, en una singladura en la que apenas han tocado puerto. La Laboral se ha convertido en su segunda casa en jornadas que llegaron a prolongarse hasta las cuatro de la mañana para finalizar a tiempo las obras del ente de comunicación del Principado o para compatibilizar los trabajos con la actividad diaria de los alumnos de Formación Profesional.

La clave para llegar a buen puerto ha sido la organización. Divididos en grupos de trabajo, la tripulación ocupó tres camarotes. Primero, en el espacio en el que estaban los servicios administrativos del instituto, y después en tres aulas de la zona sur. Ordenadores, planos e informes llenan estos improvisados despachos, convertidos en centro de operaciones de una obra en la que todo alcanza cifras astronómicas. El equipo ha coordinado todos los trabajos que se han hecho y que aún se ejecutan. Cada ladrillo que se ha colocado, cada tabique que se ha derribado, se ha hecho bajo su supervisión y todo ha quedado perfectamente documentado en más de 37.000 fotografías y actas de reunión (dos por semana).

Todos conocen al dedillo cada uno de los rincones de este edificio. Se lo han recorrido decenas de veces en una caminata diaria que, podómetro en mano, ha oscilado «entre los 8 y los 12 kilómetros», afirma Barragán. Todos saben de todo, pero para conseguir los mejores resultados se optó por asignar a cada una de las obras -Teatro, Universidad, Centro de FP, Centro de Arte, Televisión, Principado, etcétera- a un arquitecto y un aparejador de forma permanente.

Una organización similar a la que siguió el equipo encargado de la coordinación de seguridad y salud. Un equipo de cuatro personas, encabezado por Fernando Antuña, ha controlado de forma permanente las empresas y a los operarios, en un plan de seguridad atípico, porque «lo normal es que las obras se visiten cada 15 días y no, como ha ocurrido aquí, que tres personas estemos durante ocho horas al día coordinando los trabajos», explica Javier Fernández, uno de los miembros del equipo.

El buque diseñado por Moya es como un 'Titanic' en el que sus dimensiones y diseño capturan las miradas. Pero si en su sala de máquinas cada tuerca y caldera no funcionaran correctamente, se hundiría sin necesidad de chocar con un iceberg. De ahí que arquitectos y aparejadores compartan camarotes y trabajo con los ingenieros; los que integran el equipo de Barragán y Asociados en la dirección de obra, y los que, por parte de Seinco, dirigen las instalaciones generales.

Unos y otros han conseguido ocupar su puesto en este barco, al que con el paso de los meses, han ido «cogiendo cariño» y «apreciando más su escala y su potencia», afirma el arquitecto Enrique Perea. Conscientes, sin duda, de que han formado parte de un viaje que es «de esas cosas que contarás a tus nietos», concluye Sergio Barragán.

 
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