En la actualidad son pocos los miembros del coro que pertenecieron a sus filas originales. Han pasado ya 15 años desde que el por entonces rector del colegio de la Inmaculada, Joaquín Barrero, decidiese crear una coral compuesta por los padres de los alumnos del centro. Él venía de León, donde la congregación podía presumir de una agrupación de música casi profesional. ¿Por qué no llevar ese espíritu a su nueva ciudad? Sin embargo, el modelo no se ciñó al castellano: el coro de la Inmaculada es deliberadamente amateur.
«El principal objetivo es divertirnos y poder cantar en la iglesia del colegio durante las celebraciones», explica orgulloso su director, el padre Pedro Menéndez Cifuentes. Él es uno de los pocos que defendió el proyecto desde el principio y cuya voz sigue en activo. «Soy el director circunstancial, porque me gusta más cantar que dirigir», insiste. Pero su labor va más allá: «Creo que estamos haciendo un buen trabajo en el colegio. El coro seguirá existiendo mientras nos divirtamos y disfrutemos haciendo esto. No hay que olvidar que la veteranía es un grado». Y, en este aspecto, el padre Cifuentes cuenta con ventaja: «Soy como las piedras del colegio, llevo cuarenta años dando clase aquí», bromea.
Es difícil que todos los miembros del coro coincidan en los ensayos o las actuaciones. En muchas ocasiones, se lo impiden las responsabilidades propias de los cabezas de familia, pero la mayoría acude siempre que puede a la cita de los miércoles. Poco más de una hora a la semana, de ocho a nueve y cuarto de la noche, la dedican a mejorar sus actuaciones. Ni un minuto más. «Los miércoles hay fútbol y contamos con mucho forofo. Así que en cuanto acaba el ensayo se van pitando», comenta, risueño, Cifuentes. Este año, como en anteriores, cantarán en las comuniones de los alumnos del centro, en las fiestas colegiales y en las de la Inmaculada. También acudirán a la celebración del pregón navideño de la Asociación Belenista y a la Semana Coral de Santa Cecilia, en la iglesia de San José.
Pero no todo ha sido un camino de rosas desde su primera actuación pública, en mayo de 1996, cinco años después de sus inicios. En estos momentos, aunque nunca han querido que el coro crezca demasiado, necesitan bajos. «Siempre tenemos muchas más mujeres que hombres, es normal», explica. La proporción lo demuestra: tan sólo hay cinco bajos por cada docena de primeras y segundas voces. «Las voces blancas tienen que ser muy superiores a las graves para que no las tapen, aunque cuatro hombres nos vendrían fenomenal», reconoce.
Ahora bien, lo considera una cuestión de ciclos. Hubo una temporada que estuvimos escasos de tenores. Pero lo más importante es que la gente que canta lo haga bien. En un coro casi siempre hay una mayoría que hace 'play-back'», dice con una amplia sonrisa.
Aumento de repertorio
Cifuentes trabaja continuamente para que su repertorio suene cada vez mejor. Su canción preferida es 'Chalaneru, chalaneru' y también las habaneras, «que se nos dan muy bien». ¿La más emocionante? No podía ser de otra forma: cuando el coro entona uno de los dos himnos del colegio a más de uno se le pone la piel de gallina. «Una vez vino a vernos un compañero mío de clase que llevaba algunos años sin pasar por aquí y acabó llorando de forma desconsolada», recuerda.
Pero en la agrupación se atreven con todo. «Nos lanzamos a la piscina con lo que sea. ¿El año pasado interpretamos la 'Marcha Nupcial', de Wagner, en alemán!», comenta divertido. Su osadía gana en mérito al tener en cuenta que sólo tres de los componentes del grupo, entre ellos Cifuentes, «saben algo de música. La mayoría no quiere ni mirar las partituras, Cantan absolutamente todo de oído».
Sin embargo, arriesgarse para ellos es fácil. Saben que siempre, al final de cada actuación, escucharán el más sentido «¿Bravo!» de uno de sus incondicionales.