Empecemos por el principio: La dirección es Flowers Street, 127. Al saber que vivo en Brooklyn, una de las primeras preguntas que me hacen mis amigos españoles, la mayoría escritores, cuando por primera vez vienen a Nueva York, es dónde vive Paul Auster. El primero que me lo preguntó, va a hacer ya casi siete años, fue el escritor Xuan Bello cuando vino con García Martín, López Vega, Silvia Ugidos y Marcos Tramón de visita a Nueva York. Me quedé sorprendido no sólo de que Auster fuera tan conocido en España, sino de que tuviera tanto carisma como para que quisieran visitar su casa. Los españoles que vienen a Nueva York se quedan siempre en Manhattan y apenas si se aventuran a visitar los otros cuatro barrios que componen la ciudad. Como Brooklyn es mi barrio, llevé al grupo al Promenade, desde donde se ve una de las vistas más hermosas de Manhattan (todavía estaban vivas las Torres Gemelas) y aproveché para llevar a Bello y al grupo hasta la puerta donde vive Auster. También visitamos, en el mismo Brooklyn Heights, la casa donde vivió Audaen, la de Norman Mailer y la de Truman Capote. Bello ha contado luego ese momento en 'La parroquia de Auster', uno de sus ágiles artículos que publica en EL COMERCIO: «A mí me llevó el poeta Hilario Barrero hasta el portal de su casa y a punto estuve de confesarle, picándole al timbre...».
Los españoles ven a Auster como a un Dios o como a un Sumo Sacerdote y muchos quieren pertenecer a su parroquia. La distancia embellece el recuerdo. Y Auster tiene carisma. En su personificación como un ciudadano normal radica su encanto, pero llegar a Auster no es fácil, sino todo lo contrario. Ustedes posiblemente conozcan la historia: Una mañana, al salir a tomar un café, el escritor vio unas octavillas pegadas a los postes de las farolas. Creyendo que darían noticia de un gato o perro perdido se llevó una sorpresa cuando leyó: «Para Mr. Paul Auster: He estado vagando arriba y abajo por Park Slope con un paquete de cigarrillos turcos que he traído pensando que le encontraría. Pero parece ser que este método no vale. Así pues, si usted ve este mensaje, ¿podría ponerse en contacto conmigo?». Lo firmaba E. Turkgeldi, que había dejado su correo electrónico, el cual Auster anotó. Turkgeldi es un estudiante de Medicina que, además de fan de Auster, es escritor. La historia tuvo un final feliz: Auster se puso en contacto con él y ahora mantienen una correspondencia.
Yo, tal vez porque somos casi vecinos, le veo más como un residente de Brooklyn que de Manhattan, un hombre que entra en un restaurante, pide lo que le apetece, paga y se va, o sonríe cuando un niño le mira con ojos asustados y le pregunta si habla español y él responde que algo y dice tres palabras: «manzana», «nube», «río»... o en un acto cultural en el que es el protagonista, mira a la ventana y al ver que se hace de noche dice que se tiene que ir, que es tarde. Yo admiro más al Auster que conecta con Cervantes (en su novela 'Timbuktu') que al Auster dios de los españoles.
Así es como lo he visto: alto, con pantalones vaqueros, pelo tirando a gris, mirada penetrante, un poco encorvado, algo distraído, amable, sonriente, unas manos especiales... Este verano, en la Séptima avenida de Brooklyn, le vi cenando en el restaurante Sette que acababan de abrir. Dos semanas más tarde, le vi salir de almorzar, las manos en los bolsillos, de Second Street Café.
Vivo al lado de la Biblioteca Central de Brooklyn, que está enfrente de Prospect Park, mirando al Arco de Triunfo en Grand Army Plaza. La biblioteca celebra ciclos de lecturas y, en una de ellas, Paul Auster leyó 'Auggie Wren's Christmas Story'. Hilario J. Rodríguez, mi tocayo y autor de la novela 'Construyendo Babel', que vivía entonces en Nueva York, asistió al acto. Antes compró una preciosa edición del cuento, ilustrado por Isola, que Paul Auster firmó. Días después, Hilario me escribió: «Su lectura, pese a su voz áspera, fue espectacular. Era la narración de un fumador, alguien dispuesto a paladear el humo como otros paladean un buen vino o un buen plato en un restaurante exclusivo. La historia fluyó tranquila y pausada... Leyó el cuento y más tarde respondió a las preguntas que le fuimos haciendo todos. Sus respuestas fueron sensatas, a pesar de estar hablando casi siempre sobre una de las actividades más insensatas a las que puede dedicarse un ser humano, que es escribir».