CUANDO el sensible y enamoradizo Monchu el Liras silba una vieja canción al tiempo que camina con aire cansino y en sus claros ojos se reflejan los negros nubarrones de la tristeza, es síntoma inequívoco de que el hombre ha sufrido un nuevo revés amoroso, una de sus grandes especialidades junto a otras que desconozco.
La letra de la canción de marras reza tal que así en una estrofa:
«Creía que ella me quería y que estaba henchida y loca de pasión, mas no era amor lo que me daba pues sólo jugaba con mi corazón».
Y este es el estribillo:
«¿Jugando, jugando con mi corazón, ye, ye, ye, yeee !».
O sea que, visto lo visto y oído lo oído, no hacía falta ser un lince para llegar a una conclusión sobre el estado anímico del personaje. Sabedor como soy de que en tales circunstancias el hombre necesita un hombro en el que apoyarse y que alguien finja interesarse por sus cuitas, llené de aire el sofá hinchable obsequiado por mi siquiatra de cabecera, Sukoko Taduro, lo invité a tenderse en él, e inmediatamente entonó su eterna cantinela:
«En una de esas noches 'sabinianas' en las que el alma necesita un cuerpo que acariciar, volví a caer en las redes de una mujer pasional, vehemente, ardiente, intensa, volcánica, febril irresistible, en fin, y a las dos horas de haberla conocido me subió la testosterona por las nubes y le pedí matrimonio. Empezó a reírse con tanta intensidad que hasta le entró el hipo y tuvo que beberse el cubata de un trago.
»Recuperada del ataque, y cuando íbamos por la sexta copa, reconocí que quizá me había precipitado con la proposición matrimonial. 'Pero es que tengo muy buen ojo para hallar la mujer de mi vida, de manera que ya llevo un ciento de ellas', añadí. Miróme entonces con expresión catatónica, y aproveché para decirle que le iba a dedicar un soneto sobre la marcha. 'Vale, tío, pero que sea cortito', balbució la bella. '¿Hasta aquí llego la marea!', exclamé. '¿Cómo voy a enrollarme con alguien que desconoce las más elementales reglas de la métrica?', me pregunté antes de abandonar el lugar pertrechado de dos cuartetos, dos tercetos y un estrambote para obsequiar a otra dama».
Conclusión final: el poeta de cabecera de aquesta columna vive tan alejado de la realidad como la mayoría de nuestra clase política, de modo que volverá a enamorarse ¿y a votar!