Sábado, 21 de octubre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

Sociedad
Auster asegura que «el valor del arte reside en su misma inutilidad»
El autor de 'Trilogía de Nueva York' hizo un discurso reflexivo y esperanzado sobre el futuro de la literatura
Auster asegura que «el valor del arte reside en su misma inutilidad»
DISCURSO. El escritor Paul Auster durante su intervención en el Campoamor. / M. ROJAS
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Con una declaración tan desconcertante como lo son sus novelas, inició Paul Auster su intervención en la clausura de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias: «No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo». No obstante, hizo de la necesidad, virtud: «Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es de que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia».

La actividad literaria, tan ensimismada y al tiempo tan abierta al mundo, posee unas costumbres que incitan al escritor a mirarse desde fuera: «Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe Salvo en la propia imaginación».

Después, queda el interrogante del propósito: «¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real?». Se contestaba a sí mismo el autor de la 'Trilogía de Nueva York', acudiendo a líneas que evocaban a Sartre: «Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejore. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?».

Y continuó usando el escalpelo para desmitificar el oficio: «El arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista». Pero un artista siempre tiene escondida una última razón en la manga. Y así: «¿Qué tiene de malo la inutilidad? Yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Algo que es total y absolutamente inútil», remató con ecos de Jean Cocteau.

No obstante, cada arte posee su especificidad y alberga sus motivos singulares: «La narrativa se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás».

Al otro lado del espejo, está el lector: «¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es un encuentro con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está a salvo. Tal es la magia de los relatos».

Historias necesarias

No descartó, sin embargo, que esa fiebre feliz pudiera estar remitiendo: «Se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano».

Lo inútil se revela útil: «Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas».

En el epílogo, un canto al futuro de la novela y a la comunión que recibimos en cada lectura: «En lo que respecta al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento».

Por su parte, no hay la más mínima duda: «Nunca he querido trabajar en otra cosa».

 
Vocento

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