Sábado, 21 de octubre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

Sociedad
La entrega de los Príncipe se convierte en una llamada a la conciencia colectiva
Don Felipe, acompañado por doña Letizia, glosó una a una la figura de los galardonados para describir «los cimientos» de un «mundo más justo» Almodóvar, Pau Gasol, Auster y Cirac se llevaron las mayores ovaciones en la velada de los premios
La entrega de los Príncipe se convierte en una llamada a la conciencia colectiva
DEPORTES. La selección de baloncesto recibe el aplauso del público tras recoger su Premio Príncipe de Asturias. No pudieron estar los jugadores 8, 11 y 15, pero sí sus camisetas. / P. CITOULA
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El Campoamor celebró anoche la excelencia humana en todos y cada uno de los premiados con los Príncipe de Asturias y también los valores de la Fundación que los promueve. En la vigesimosexta edición, hubo una mirada insistente y apasionada más allá de la escritura de Auster, el cine de Almodóvar, la difícil operación cuántica de Juan Ignacio Cirac, la cooperación deportiva de la selección de baloncesto y la generosidad de quienes reparten fortuna y talento. Se llevaron esta vez el primer plano quienes difícilmente conseguirán alcanzar más premio que su propia vida.

Fueron el Príncipe y también los galardonados quienes se encargaron de desviar la atención a esos lugares del mundo donde una gripe es mortal y el hambre, frecuente. Fue tan intensa la llamada a la solidaridad, al despertar de las conciencias, y tan claras las realidades mostradas en los discursos, que el público, generoso en aplausos para cada premiado, quedó sin fuerzas tras las intervenciones de William H. Gates, Mary Robinson, Ann Veneman y el Príncipe de Asturias.

Al poco de iniciar su discurso, en el que tomó lo mejor de cada premiado y las voces de Bousoño, Unamuno, Verlaine y Julián Marías para describir los «cimientos» de un «nuevo mundo» y arropar la Fundación que lleva su nombre desde sus más sólidos principios fundacionales, aseguraba don Felipe que «en el Principado encontramos una de las más profundas raíces de la cultura española que hoy también aporta espléndidos éxitos individuales y excelentes muestras de espíritu solidario».

Decía inmediatamente el Príncipe que «los asturianos son, y siempre serán, el más rico capital del Principado». Pero nadie aprovechó la inflexión de su voz para celebrar con aplausos ese mimo a la tierra anfitriona. Parecían habitar todavía en los rostros de la platea las verdades cantadas por los premios de Cooperación Internacional, Ciencias Sociales y de la Concordia.

«Todas las vidas tienen la misma importancia», decía con tremenda solemnidad el padre de Bill Gates, Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, en la primera intervención que prestaba los altavoces a los olvidados y que exigía «cooperación» y tanta «humanidad» como economía para evitar que la gente se muera «cuando nosotros podemos salvarla».

Minutos después, la ex presidenta de Irlanda y primera mujer que recibe el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, Mary Robinson, aseguraba -esforzando su discurso en español- que «todos somos hijos de la mar», para cerrar una travesía a lomos de la emigración que deja miles de vidas en el océano, recordando que «los inmigrantes contribuyen positivamente a nuestras economías y nuestras sociedades», aunque «a menudo», dijo, «se nos confunde con el miedo a las culturas diferentes».

La tragedia del hambre

La tercera mención para quienes la sociedad del bienestar es un lujo inalcanzable, llegó con el discurso de la presidenta de Unicef, Ann Veneman, Premio de la Concordia. Llevó Veneman al escenario, que presidían los Príncipes de Asturias, primero las cifras, luego las causas y finalmente el rostro de los «hambrientos, desharrapados, sin techo, analfabetos, explotados y desplazados del mundo». No sólo hablo de los «diez millones de niños que mueren al año por causas que se pueden evitar». También describió ejemplos como el de una huérfana congoleña de 12 años, «que fue brutalmente violada por cuatro hombres, en una zona donde la violación es un arma de guerra».

Hasta Paul Auster, Premio de las Letras, que hizo una hermosa oda a la inutilidad del hecho artístico, asegurando que es, al final, «la creación de una obra de arte lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan el planeta», puso el dedo en la llaga del mundo: «Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento, un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima y un libro nunca ha impedido que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra», dijo para negar apreciaciones demasiado entusiastas de la cultura y determinar, finalmente, que el arte es necesario en sí mismo, sin obligación de hacer mejor al hombre.

Hablaba así el escritor, inundando el teatro con la voz más potente de cuantas se escucharon en la ceremonia. Y lo hacía con palabras sencillas, sin mostrar orfebrería literaria alguna. Hablaba Auster antes de que la mirada de la noche se colocara en el mundo que le duele al mundo.

Tras su discurso, al que precedió una celebración de los Premios y un recuerdo a sus orígenes y a su XXV aniversario por parte del presidente de la Fundación Príncipe de Asturias, José Ramón Álvarez Rendueles, un festejo que secundó don Felipe para cerrar el acto, se dejaron oír en el Campoamor las argumentaciones que llevaron ayer a su escenario a todos los galardonados. Era la hora de recoger diplomas, la segunda cita para las emociones. La primera llegaba bajo los acordes del compositor de la corte de Carlos I, Jon Adson, acompañando a los premiados al escenario. Se rompía entonces el teatro en aplausos.

Con la entrega volvían a sonar intensamente. Sin duda los más sonoros se los llevaron los popularísimos Auster, que hizo una celebrada reverencia al público, y Almodóvar, el único que saludó a la Reina Sofía alzando su premio hacia el palco real, antes de ofrecérselo al resto de los asistentes. El manchego ganó, al final, al de Nueva Jersey y ambos quedaron empatados con Pau Gasol, el más festejado de la selección española de baloncesto, y con el investigador del palmarés, Juan Ignacio Cirac, al que el público premiaba con ovación su eminencia científica, pero también su llamativa juventud.

Cerró la ceremonia el Príncipe de Asturias, al que escuchó con una sonrisa su madre la reina Sofía y con el semblante serio su esposa la princesa Letizia. Y lo hizo recorriendo las virtudes de los premiados, haciéndolas propias de la Fundación que les destaca y que admira en ellos «la fuerza de la inteligencia, del sacrificio y de la excelencia». Destacó don Felipe que la Fundación alienta con los galardones «la generosidad sobre el egoísmo, la concordia sobre la división, la convivencia sobre el fanatismo y el compromiso sobre la indiferencia», un caudal de enseñanzas que dijo transmitirán él y la Princesa «a nuestros hijos».

 
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